lunes, 9 de marzo de 2015

Cuando las humanidades se enfrentan a la ingeniería ultraneoliberal y a los tecnócratas gilipollas. La bofetada de Ricardo Herreras a los señores de cuello blanco del FMI.








Ricardo Herreras Santamarta/  


                                                           HUMANIDADES

A estas alturas de la película, no me cabe la más mínima duda de que las personas que hemos estudiado cualquiera de las ramas que conforman el gran árbol de las Humanidades nos caracterizamos por un mayor espíritu crítico y autocrítico, además de una mayor capacidad para entender y explicar el mundo que nos ha tocado vivir.

Desde luego, si la marginación de las Humanidades a la que hemos asistido en los últimos 30-40 años tenía como principal objetivo el formar trabajadores especializados, eficaces y resolutivos, esta crisis ha demostrado la falacia de tal premisa.

Como muestra, un botón. Ahí están los tecnócratas de cuello blanco del FMI, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio, empecinados en aplicar con fruición sus teorías de ingeniería ultraneoliberal y programas de ajuste sobre una realidad que les contradice un día sí y otro también y que, si no fuera por el infinito sufrimiento causado entre la población por su banal ejercicio de la maldad, bien podrían ser calificados de gilipollas que solo sirven para ser sustituidos cada cierto tiempo - cual robots clónicos - por nuevos tecnócratas igual de gilipollas.

Al parecer nadie se ha dado cuenta (lo digo con ironía: en realidad los poderes fácticos no han querido ni quieren darse cuenta, lo cual es muy diferente: véase el Plan Bolonia) de que los auténticos valores únicamente podrán recuperarse de la mano de las hoy muy denostadas Humanidades. Sin ellas, jamás podremos salir de esta crónica depresión mundial, pues lo que está en juego no es solo una cuestión de reactivación económica, sino algo tan crucial como qué concepto de humanidad queremos para el futuro. Por eso, antes que formar autómatas y carne de cañón para nutrir al mal llamado mercado laboral, sería básico que los alumnos aprendan en las escuelas desde muy temprana edad a pensar y a expresar sus ideas en voz alta. ¿Cómo? Fomentado el binomio reflexión-conocimiento. No hay otra.

De seguir por estos derroteros, llegará un día en que vivamos una terrible distopía donde pensar esté tipificado como delito. Muy bien, ¡pues a mí que me den cadena perpetua!


                                                                                  RICARDO HERRERAS




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