lunes, 8 de junio de 2015

Elefantes y sangre azul. Una cuestionable actividad cinegética analizada por Ricardo Herreras.







Ricardo Herreras Santamarta/




                                                              ELEFANTES Y SANGRE AZUL

"Matar a un elefante no es delito; es un pecado. Uno de los pocos que se pueden cometer comprando una licencia.”

Esto decía el personaje de John Wilson -trasunto del genial, violento y autodestructivo director John Huston- magistralmente interpretado por Clint Eastwood en el film "Cazador blanco, corazón negro" (1990), donde se narraba el accidentado y caótico rodaje africano de esa obra maestra que es "La reina de África" en 1952 y, a su vez, la obsesión del atormentado realizador de Misuri por dar caza a tan gigantesco como mítico animal. 

He de decir que provengo de una familia de cazadores por la rama paterna, sobre todo con galgos, y precisamente por eso siempre he tratado de separar lo que puede haber de noble en las actividades cinegéticas de lo que no es más que una simple carnicería perpetrada a manos de escopeteros desaprensivos o nuevos ricos ociosos. "No se caza para matar, se mata para obtener caza", decía Ortega y Gasset. Quien no lleve la caza en la sangre no lo entenderá nunca. Y mucho menos tanto ecolo-jeta de diseño. Pero admito que me quedo sin argumentos ante la imagen de un elefante abatido, una de las criaturas más antiguas, inteligentes, legendarias y nobles sobre el planeta, porque ésta hiere, agrede y daña la sensibilidad como pocas.

Precisamente apoco más de tres años de que viéramos la imagen de nuestro anterior Jefe de Estado al lado de un paquidermo abatido en Botsuana, en plena crisis económica y época de recortes drásticos, creo honestamente que aquello fue una real vileza y un claro ejemplo de lo que nunca debería ser este deporte.

Su pecado le costó al erario público un precio de 45.496 euros. Y al mismo monarca una impopularidad que, andando el tiempo y Urdangarín e irrupción de Podemos mediante, le acabaría conduciendo a la abdicación.
                                                          
                                                                       RICARDO HERRERAS




 

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