lunes, 29 de junio de 2015

Hubris. La soberbia de los poderosos vista por Ricardo Herreras.






Ricardo Herreras Santamarta/




HUBRIS

Ernest Hemingway escribió una vez que "el poder afecta de una manera cierta y definida a todos los que lo ejercen”. Así, como auténticos enfermos, muchos dignatarios sufren extraños síntomas que van desde la necesidad de recibir halagos hasta los casos más clínicamente agudos de quienes se sienten elegidos por la providencia para llevar a cabo una misión trascendental.

En realidad ya los antiguos griegos acuñaron el término hubris para designar el mayor pecado que podían cometer héroes míticos como Aquiles: imbuirse de un ego insuperable, creerse invencibles, poseedores de dones excepcionales y superiores al resto de los mortales, lo que les conducía a enfrentarse ciegamente a los mismísimos dioses para acabar siendo víctimas de su soberbia. Porque tras hubris, al final del camino siempre aguardaba la terrible némesis, personificación de la desgracia total y ruina absoluta.

Cuando todo el mundo habla en el bicentenario de la batalla de Waterloo de lo que ésta supuso el ocaso de Napoleón, pensaba estas cosas con respecto a otra efeméride acaecida curiosamente también en el mes de junio, el día 24, a la postre muchísimo más decisiva para su derrota final: los 203 años de la invasión de Rusia.

En 1810, Napoleón Bonaparte se encontraba en la cima de su poder. Sus victorias en el campo de batalla le habían convertido prácticamente el dueño del continente… al menos el dueño terrestre. Mientras Inglaterra aprovechaba su constitución insular para mantenerse alejada de sus garras, solo España le estaba dando quebraderos de cabeza. Entonces, el zar Alejandro I se negó a seguir sus dictados. El corso se sintió insultado y, en una decisión tan innecesaria como arrogante, decidió invadir el Imperio Ruso con un colosal ejército de más de 600.000 efectivos compuesto por sus mejores hombres.

Queriendo emular a Alejandro Magno, el ascenso a la gloria de aquel hombre de genio indiscutible sólo podía concebirse en términos de una irrefrenable superación de lo conseguido con anterioridad. Pero lo que no se podía imaginar el todopoderoso emperador galo es que seis meses después perdería en encarnizadas batallas a casi todo el cuerpo expedicionario mandado al gigante eslavo. Los rusos se alzaron en guerra patriótica contra los invasores y les opusieron una resistencia sin precedentes. El riguroso invierno y las enormes distancias terminarían de transformar aquella alocada aventura militar en un completo desastre del que nunca se recuperaría.

En 1941, 129 años menos dos días después, otro hombre “llamado” a conquistar Europa, esta vez alemán, volvía a pecar de hubris en similar escenario. La Historia se repite sin que algunos aprendan nada de ella.


                                                                       RICARDO HERRERAS



1 comentario:

  1. Tienes toda la razón, Ricardo. ¡Ojalá se aprendan las lecciones de la historia!

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