lunes, 20 de julio de 2015

Las políticas diabólicas de la Unión Europea. Ricardo Herreras invita a desalojar a los facinerosos de cuello blanco.







Ricardo Herreras Santamarta/


                                                               LEVIATÁN EN LA UE

Sabíamos desde el principio que la resistencia helena en solitario era muy difícil. Pero tras la rotunda victoria del NO en un valiente referéndum realizado en pleno cerco financiero, muchos nos habíamos hecho la idea (o la ilusión) de que el gobierno de Tsipras volvería a la mesa de negociaciones fortalecido y en disposición de arrancar un acuerdo favorable a las autoridades del Eurogrupo, ganando así tiempo hasta que en España, Portugal o Italia cambiasen las tornas. Desde luego, bazas que jugar no le faltaban: el miedo americano a que Rusia asomara las orejas por el Pireo, el interés de China por invertir en el Mediterráneo, los recelos ingleses al ya asfixiante e indisimulado dominio alemán en la UE, el tradicional papel de contrapeso de Francia o los mismos informes del FMI que aconsejaban sin ambages una reestructuración de la deuda griega.

            Nada de eso ocurrió. Tras la extraña dimisión de Varufakis (¿para no salir después en tan indigna foto?) y completamente abandonado por todos (con Rusia y China ahora tiesas financieramente, Inglaterra inhibiéndose, USA inmersa en numerosos frentes y una cada vez más entregada Francia ejerciendo el indigno papel de “policía bueno” junto a Alemania), Tsipras fue literalmente triturado por el rodillo alemán y obligado a firmar una capitulación en toda regla. Capitulación que, en la práctica, supone no solo un espaldarazo a las infames políticas de austeridad y recortes, sino también el fin de Grecia como Estado soberano además de un aviso para aquellos navegantes (léase Podemos) que osen en el futuro desafiar los designios de la Troika.

            Al hilo de todo esto, he recordado algunas de las páginas más negras -el colonialismo, las dos guerras mundiales y, sobre todo, el nazismo- originadas entre finales del XIX y principios del XX en la "muy civilizada" Europa, cuyas consecuencias destruyeron el sueño de la Modernidad, entendida ésta como la vía adecuada hacia el progreso mediante un racional desarrollo científico-tecnológico. En última estancia, no por culpa de la razón (siento disentir en este punto de aquel sordo genial llamado Goya: el sueño de la razón nunca puede producir monstruos) como creen algunos postmodernos, sino por la instrumentalización de la misma, lo cual es muy diferente. Además, tampoco la Ilustración reparó para su idílica ecuación en la monstruosa criatura en la que un día se convertiría el capitalismo. 

Décadas de keynesianismo económico (finiquitado durante los años 80´por la Thatcher, Reagan y el ínclito Wojitila) desde la postguerra contribuyeron a que pensáramos que por fin habíamos desterrado las formas más extremas de barbarie de nuestras opulentas sociedades occidentales. Pero ahora descubrimos entre pasmados y horrorizados que todo fue un espejismo. Los cada vez más laminados estados de bienestar y de derecho solo fueron concesiones temporales hechas por unas oligarquías siempre insaciables, debilitadas entonces tras la derrota del fascismo en 1945 y atemorizadas por la URSS. Las mismas élites que nos vuelven a ahogar hoy en un nuevo ciclo de explotación, codicia, saqueo y crueldad que amenaza con retrotraernos a una especie de medioevo del siglo XXI con la tecnología diabólicamente utilizada como arma de control masivo.

Ante algo tan aterrador, y aunque suene a sortilegio kafkiano, me gustaría pensar que quizás la paradójica victoria de Tsipras en su derrota esté en haber desenmascarado definitivamente a quienes dirigen el modelo económico neoliberal y social darwinista vigente: unos burócratas vendidos al gran capital financiero a los que la democracia, la solidaridad, la justicia social o el mismo sufrimiento del pueblo les importan tres cojones. Ahora nos toca a nosotros desalojar a estos facinerosos de cuello blanco, so pena de que acaben convirtiéndonos en esclavos para los restos. Al fin y al cabo, se ha perdido una batalla, no la guerra. El partido será largo aún.

                                                                                  RICARDO HERRERAS



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