jueves, 20 de agosto de 2015

Chibres o el doloroso fin de fiesta. Reflexión de Ricardo Herreras en su temprano adiós.







Ricardo Herreras Santamarta/




                                                  CHIRBES O EL DOLOROSO FIN DE FIESTA

                                                                    A mi gran amigo Octavio

Todos los realmente grandes se nos van pronto. Demasiado pronto. En el caso concreto de Rafael Chirbes (1945-2015), al que descubrí tardíamente gracias a los siempre buenos consejos del amigo a quien dedico este artículo, su pérdida me deja una dolorosa sensación de orfandad, pues empezó a ser una referencia para mí justo desde el mismo momento en que leí las cinco primeras páginas de “Crematorio”, quizás su obra más redonda y representativa.
Porque el solitario (vivía solo con dos perros en una casita que le compró a un camionero jubilado hace diez o doce años a las afueras del pueblo alicantino de Beniarbeig), insobornable, duro, lúcido, descarnado y muy crítico escritor valenciano ha sido uno de los poquísimos autores españoles contemporáneos que ha tenido el valor de romper con los pesados/cansinos clichés del “consenso” del 78´ al que están adscritos con fruición los Javier Marías y J.J. Millás de turno y, cual ascético francotirador, más certeramente ha disparado sobre nuestros males endémicos (corrupción, ausencia de verdadera democracia, la explotación aceptada como sistema, etc.) y mejor ha retratado la realidad de nuestra historia reciente: ésa que va desde la carnicería de la Guerra Civil hasta ahora mismo, pasando por la oscurísima postguerra, la Transición -especie de “octava maravilla” que nos venden y exaltan a diario los muchos chupatintas que parecen aspirar a ganarse el cielo en la tierra y que, lejos de ser el paso de una dictadura a una democracia, fue la época en la que transitamos de los códigos económicos del subdesarrollo a las poco edificantes conductas del capitalismo avanzado: mutación cuasi antropológica que trajo consigo el acomodo generalizado a la falsedad, el relativismo por bandera, el empacho consumista, el hedonismo más nihilista, el adocenamiento colectivo, el conformismo mal entendido y la arrogancia del lujo zafio encadenada al imperio de lo efímero, traicionando de paso los viejos ideales y devorando así la memoria al mismo tiempo que se finiquitaban las bases para un futuro solidario- y la luna de miel de los “felices” 90´, con su confort de baratillo levantado sobre el gigantesco castillo de naipes del boom inmobiliario.
Semejante empresa literaria (con títulos tan sobresalientes como “La buena letra”, “La larga marcha”, “Los viejos amigos” o “En la orilla”) se ha construido a partir de nada complacientes mosaicos de vidas privadas -repletas de politicastros chorizos, caciques provincianos, empresarios déspotas, sindicalistas vendidos al vil metal, obreros que votan a la derecha (sí, uno de los mayores “méritos” del socialdarwinista modelo vigente es haber hecho creer a los más pobres que sus “enemigos” son sus propios compañeros de clase social, los otros pobres), burgueses casposos, nuevos ricos horteras y menesterosos culturales, hombres de negocios sodomizados por sus jefes y esclavizados a la dictadura del teléfono móvil, trepas de medio pelo, cuarentones con síndrome de Peter Pan, adolescentes (ton)tuneados de tatuajes y bíceps de gimnasio, niñatas recauchutadas con más rayos UVA que cerebro... una fauna fácilmente reconocible por ser epítome del mal gusto, paleta y chabacana tras su aparente pátina de modernidad, para más inri moral y materialmente corrupta, repleta de mezquinas miserias personales y movida por las pulsiones del egoísmo, la codicia, la hipocresía, el poder, la traición, la compraventa de los sentimientos, el buenismo, el sexo o el dinero- tejidas en un universo narrativo llamado España.
Ajeno siempre a los inanes “juegos florales” postmodernos, grupos de poder, farándula mediática y camarillas (nunca estuvo en la agenda de los novelistas de PRISA ni en la de los de Lara: como el PP/PSOE, el mismo pedo con distinto culo) de favores literarios debidos, Chirbes ha erigido sin prisa pero sin pausa y en la mejor tradición realista española (la que va de Galdós y Clarían hasta Martín Santos) una obra mayor que nos obliga a mirar sin ningún atisbo de conmiseración ese espacio pútrido, ese vertedero hediondo, ese estercolero infecto, ese patio trasero degradado por terrenos recalificados para construir aberrantes urbanizaciones, campos de golf arrebatados a hermosos espacios naturales, megainvernaderos en los que literalmente se cuecen cientos de inmigrantes, cutres chiringuitos playeros, infames rutas del bakalao, centros comerciales de colores chillones, call centers para que tantos universitarios curren por un sueldo de mierda al mes y puticlubs de carretera donde todos estos años se han ejecutado abusos sin cuento, pasado innumerables sobres bajo cuerda, cometido miles de tropelías financieras, ocultado innombrables delitos y lavado conciencias (¿el “negocio de la “libertad”?) con total impunidad y con la inequívoca complicidad de los jerarcas del régimen franquista primero y la de los gobiernos conservadores y/o pasividad de los socialdemócratas de turno después, hasta acabar hoy casi con el llamado "estado del bienestar", esa gran fiesta a la que en principio todos estábamos invitados y de la que ahora a los más desfavorecidos nos echan a golpe de recortes.
Un paisaje desolador que Chirbes desmenuza a la manera de un cirujano con bisturí, no dejando títere con cabeza ni asidero al que aferrarse. Una nación arrasada y esquilmada donde, tras los fuegos de artificio de la burbuja del ladrillo, solo se amontonan derrotas dolorosas, esperanzas truncadas, conciencias anestesiadas por el fútbol y la telebasura, estómagos agradecidos, ideales olvidados, ilusiones rotas, sueños convertidos en pesadillas, esqueletos de hormigón, empleo basura e interminables noches regadas de música techno, farlopa y alcohol de garrafón coronadas por madrugadas de hastío y asco, con únicamente margen ya para competir en el gran festín de la indignidad y, en el mejor de los casos, para sobrevivir en la precariedad más animalizada.
Hay libros incómodos y nada complacientes, que sientan como una patada en el estómago y deben leerse como auténticas purgas. Los de Chirbes -preñados de desazón, escepticismo, tensión, desasosiego, amargura, pesimismo, desgarro y denuncia a la par que de verdad y autenticidad- son un extraordinario ejemplo de ello, pues nos hacen sentirnos a todos culpables (en mayor o menor medida, claro está) de la agonía, ausencia de referentes, falta de expectativas e infelicidad presentes. Pero éstos también nos enseñan que del fondo de los cenagosos pantanos bien podría surgir un atisbo de renovada vitalidad para el futuro, siempre y cuando seamos capaces de aprender tan dolorosa lección, de comprender las razones que nos han llevado hasta aquí y de exigir responsabilidades a quienes verdaderamente tuvieron en sus manos el construir un país decente y no lo hicieron. Por el bien de todos. Si bien, tal y como ha quedado nuestra irreconocible piel de toro, esto va a ser muy, pero que muy complicado. Ojalá me equivoque.
                                                                                       RICARDO HERRERAS 



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