jueves, 13 de agosto de 2015

Martínez Núñez. Ricardo Herreras hace balance final del empresario leonés.








 Ricardo Herreras Santamarta/
                                                                   PADRE, PADRONE
Al recientemente finado preboste local de nombre José Martínez Núñez se le conocía por estos lares como “el Padrino” y con eso está todo dicho.
La leyenda -esa tan recurrente que el sistema capitalista nos vende a diario por todo el morro y que reza que cualquiera puede llegar a lo más alto partiendo de la nada- cuenta que el susodicho empezó de albañil con una bici hasta crear un imperio desde los últimos tiempos de la dictadura y agrandado después (¿desde cuando ha sido un problema cambiar de régimen para estos tipos?) durante el postfranquismo. Un imperio gigantesco que incluía empresas constructoras, hoteles, fábricas de hormigón, medios de comunicación y un mastodóntico ejército de subordinados y/o mandados a los que trataba con una mezcla de paternalismo y puño de acero.
Pero observada su biografía con detenimiento, uno se da cuenta enseguida de que estamos ante el prototipo de patrón (que no empresario) casposo, grosero y déspota, un auténtico gañán venido a más por mor de infinitos tejemanejes, chanchullos, triquiñuelas, juego sucio (incluyendo sabotajes a los competidores) y una total falta de escrúpulos (tanto para repartirse los despojos de las empresas absorbidas como para poner a caer de un burro a sus rivales desde las páginas de La Crónica de León: ¡viva la libertad de prensa!). Acostumbrado a que la casta política le lamiera las botas, su camino a la cúspide estuvo sembrado de cadáveres, enemigos acojonados y "amigos" comprados a buen precio. Un especímen que, desgraciadamente, ha proliferado como las setas en otoño por toda nuestra geografía nacional en la época de la infame burbuja inmobiliaria.
Juzgado hace años (si bien no condenado a la cárcel: aquí solo van a la trena los "robagallinas", ya se sabe), serían precisamente esas prácticas mafiosas las que acabaron desintegrando su emporio primero y conduciéndole al ostracismo después, aunque probablemente no a la ruina: como tantos otros de nuestros prohombres (esos que tanto se nos ha puesto como ejemplo) patrios, tras dejar sin cobrar a numerosos acreedores y empleados y dejar a miles de familias haciendo cola a las puertas del INEM, es más que factible que se lo llevara bien fresquito a Suiza...
Eso sí, cual Mr. Arkadin provinciano, se dice que en los últimos tiempos había perdido la memoria y ya no era capaz ni de reconocerse a sí mismo. Se ve que no pudo comprar la salud. Parece que tampoco pudo comprar su vida. Al final todo el dinero acumulado para ser el más rico del cementerio solo le debió servir para el flete de Caronte. Qué pena.


                                                                                                      RICARDO HERRERAS


 

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