lunes, 17 de agosto de 2015

Un horror llamado Hiroshima visto por Ricardo Herreras.








Ricardo Herreras Santamarta/



08:15 A.M.

Hacía rato que había amanecido, pero justo a esa hora el día se convirtió en noche para los habitantes de Hiroshima, ciudad en la que el tiempo se detuvo y se desató el infierno hace 70 años.

En todo caso, la idea de que el bárbaro, atroz e inenarrable acto de lanzar las bombas nucleares motivaron la rendición de Japón pocos días después y evitaron un elevadísimo número de bajas norteamericanas es más falsa que un billete de Mortadelo, un mito alentado por la propaganda para justificar un crimen del todo injustificable. De hecho, los estudios más serios de las últimas décadas basados en documentos desclasificados del Alto Estado Mayor Imperial concluyen dos cosas: que las autoridades niponas llevaba tiempo buscando una salida negociada y honrosa que contemplaba principalmente que a su divinizado emperador no se le juzgara por crímenes de guerra como así estaba empeñado el gobierno estadounidense; y lo más sorprendente, que fue en realidad la simultánea entrada de la URSS en guerra contra Japón arrebatándole de un plumazo Manchuria (donde el Imperio del Sol Naciente tenía todavía la flor y nata de su ejército de tierra, no lo olvidemos) lo que verdaderamente dio la puntilla a éste. En puridad, las ciudades japonesas llevaban meses siendo devastadas por los B-29. Pero lo que hizo al gobierno japonés tirar la toalla fue ver cómo sus siempre aguerridos soldados se derrumbaran sin apenas resistencia ante el incontenible empuje del ejército soviético. 

Así, el principal objetivo que buscaba un alarmado USA borrando de la faz de la tierra dos ciudades in ningún valor estratégico-militar fue intimidar a la Unión Soviética, mostrando a Stalin la capacidad destructiva de la que eran poseedores y de su total falta de escrúpulos para utilizarla contra población civil indefensa. Era la forma de decirle al mundo que, tras la Segunda Guerra Mundial, Norteamérica se había convertido en el nuevo amo y que nada ni nadie debía oponerse en su camino. Cosa que, dicho sea de paso, no consiguió del todo. A corto plazo, evitó que la URSS estuviera en la foto de la capitulación japonesa y la alejó del Pacífico, el Mare Nostrum de los Estados Unidos. Pero Stalin no era de los que se amedrentaban fácilmente y, para pasmo de Truman, a finales de los años 40´ ya había conseguido fabricar su propia bomba atómica. Y ahí están también los más de 40 años de Guerra Fría posteriores.

El precio de todos aquellos juegos geoestratégicos, más de 250.000 víctimas que, a diferencia de lo que sucediera con las pilas de cadáveres de Mauthausen o Auschwitz, no dejaron apenas imagen ni conciencia del horror, solo papeles y más papeles con los nombres de miles de víctimas, convertidas en una cifra escalofriante a la que nadie ha puesto cara todavía. Es la ignominia de un crimen descomunal por el que nadie ha pagado todavía.

La macabra paradoja es que si realmente era Hiro Hito el principal problema para la firma de la rendición, este jeta/vividor (como casi todos los monarcas de Derecho Divino, por otro lado) que al parecer tampoco se enteraba de nada (sí, como los alemanes con el Holocausto) y por cuya causa murió de la manera más estúpida que imaginarse pueda lo mejor de la juventud nipona (al histérico grito de “Banzai!”) continuó en el trono después por muchos, muchos años. De ser así, hubiese sido mejor haber tirado las bombas justo encima de su opulento palacio imperial...    


       

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