martes, 22 de septiembre de 2015

¿Están también amañadas las encuestas políticas españolas? La manipulación de las encuestas vuelve a fracasar nuevamente en Grecia.







Ricardo Herreras Santamarta/


                                                                              ENCUESTAS 

El resultado de las elecciones griegas parece indicar, a bote pronto, que los griegos prefieren que el durísimo e infame rescate impuesto por la Troika (Alemania, entiéndase) sea aplicado por Alexis Tsipras que no por la “derechona” de Nueva Democracia y mucho menos por el moribundo PASOK. Todo lo discutible que se quiera, desde luego, pero así parece ser.

Pero lo que resulta más llamativo (o no tanto) es el enésimo fiasco de las mediciones electorales, ya clamoroso en el anterior referéndum y ahora abrumador hablando días atrás de “empate técnico” entre Syriza y Nueva Democracia, marcando uno de los puntos más bajos en su credibilidad a los ojos del pueblo. Y las justificaciones -que si el voto oculto, que si la volatilidad, que si la varianza, etc.- a casi nadie convencen ya. ¿Simple coincidencia entonces que de un tiempo a esta parte fallen más que una escopeta de feria? No lo creo. Las casualidades no existen: existe la creencia de que las casualidades existen, lo cual no es exactamente igual.

Porque, examinadas con detenimiento, las encuestas caminan demasiado cerca de quienes las pagan y encargan. Esto es, mass media volcados en establecer líneas editoriales al servicio de sus todopoderosos dueños y asesores políticos/directores de campaña locos por tener algo con lo que avalar ante sus jefes las (buenas, no faltaría más) predicciones que les interesa meses antes incluso de celebrarse las jornadas electorales. En otras palabras, están bastante lejos de poder considerarse objetivas y científicas: no son más que meras estrategias de mercadotecnia para posicionarse, fortalecer a un determinado candidato o condicionar el voto entre la ciudadanía.

Sí, digámoslo alto y claro, las encuestas están más que manipuladas. Lo de tratar de aparentar un resultado que provoque una inercia de voto a favor de los que conviene situar como vencedores, es algo más viejo que la cuchara. Lo de buscar el voto útil (“¿para que voy a votar a éste si las encuestas dicen que no va a ganar?... Para eso voto a los de siempre como mal menor”) lo ve hasta un ciego. Excepto ellos mismos, quienes no parecen enterarse de una cosa: que últimamente entre la gente está en unos niveles de respeto similares a los de muchos politicastros, periodistas chupatintas, economistas y agencias de rating. O sea, a la altura del subsuelo.

Así las cosas, tengo la impresión de que lo ocurrido en Grecia marca el fin de las estimaciones de voto como factor determinante cara a futuras citas con las urnas. Incluso puede que haya llegado el momento de intentar regular su ejercicio por medio de mecanismos públicos garantistas e imparciales, por qué no, ante tanta manipulación sibilina, cachondeo y tomadura de pelo.


                                                                       RICARDO HERRERAS



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