lunes, 7 de septiembre de 2015

Ricardo Herreras examina las conciencias de los judíos ultraortodoxos a través de diferentes acciones polémicas.








Ricardo Herreras Santamarta/



                                                        UNA DE ULTRAORTODOXOS

Después de que un pirado se liara a navajazos en el Día del Orgullo y otro cafre le diera por quemar una vivienda árabe matando entre otros a un bebé, ahora van las autoridades hebreas y, rasgándose hipócritamente las vestiduras, entonan el mea culpa por los extremistas existentes en sus filas, a los que incluso denominan por primera vez con el calificativo de “terroristas”, antes solo reservado para los miembros de Fatah, Hamás o la Yihad Islámica. Y eso tras décadas de pasarse las resoluciones de la ONU por el forro de la entrepierna, acogotar al pueblo palestino con total impunidad, tildar de antisemita a todo aquél que criticase sus políticas expansionistas y desproporcionadas acciones represivas, repoblar los territorios ocupados ilegalmente con colonos ultramontanos armados hasta los mismísimos dientes... u olvidar torticeramente que hace años fue ya uno de estos fanáticos quién se cepilló a su primer ministro Isaac Rabin cuando éste intentaba con Arafat sacar adelante un acuerdo de paz viable.

Incluso, para lavar su imagen y “pecadillos” ante la opinión pública mundial, nos quieren vender la moto de la existencia de una mayoría de judíos moderados frente a una minoría radical. Moderados, haberlos los habrá, en el sentido de si comparamos a un urbanita de Tel Aviv con algunos de esos trastornados/iluminados que visten de negro de la cabeza a los pies y se pasan el día dándose cabezadas contra el Muro de las Lamentaciones recitando compulsivamente la Torá como auténticos modorros mientras siguen esperando (pues ya pueden hacerlo sentados, porque creo que va para largo) la llegada del Mesías o sueñan con volar por los aires la mezquita de Al-Aqsa para reconstruir en su lugar el templo salomónico. Pero convendría no olvidar que todo judío que vive en el estado contranatura de Israel -entre cuyos fundadores no faltaron notorios terroristas, por cierto- es sionista por definición, esto es, simpatizante de una ideología política que dista ser lo que se dice moderada. Así que habría que hilar muy fino a la hora de hablar de un “Israel moderado”, no vaya a ser que esto sea como hablar de un infierno congelado, es decir, de un oxímoron de campeonato.

El problema actual de Israel no sólo es que a estas alturas no engaña a nadie o que camine con el paso cambiado internacionalmente (sus intentos por torpedear los acuerdos con Irán le han salido rana; al menos por el momento o hasta que algún presidente republicano se haga con la Casa Blanca), sino que tiene un gravísimo pifostio interno montado con esos ultraortodoxos que ha estado amamantando durante todo este tiempo hasta el punto de tener ya agarrado por los cataplines al propio gobierno de ese “Blas Piñar” en versión judía llamado Benjamín Netanyahu, así como secuestrada a toda la sociedad israelí con su intolerancia y trasnochados delirios fanáticos.

Lo de siempre, vamos: los monstruitos de Frankenstein acaban teniendo vida propia y se vuelven incontrolables.  

                                  
                                                                                  RICARDO HERRERAS



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