viernes, 30 de octubre de 2015

TTIP. Un ser de las tinieblas que no soporta la luz y taquígrafos.








Ricardo Herreras Santamarta/


TTIP

En vez de buscar soluciones reales y no parches a la catástrofe humanitaria que se está produciendo con la llegada de miles de refugiados procedentes de Libia, Siria o Afganistán, en vez de tomar medidas para poner coto a los desmanes provocados por la existencia de cada vez más paraísos fiscales o en vez de crear alternativas a unas recetas económicas que básicamente están sirviendo para fracturar la sociedad, para que los “fondos buitre” depreden a su antojo países de saldo y para que aumenten obscenamente las fortunas de los más ricos en detrimento de las clases medias y bajas, nuestros representantes políticos europeos (los cuales no parecen darse cuenta de que hace mucho tiempo que la gente ve la hipocresía inyectada en su rostro) solo parecen tener una única y exclusiva prioridad rayana en la obsesión: sacar adelante el Tratado Transatlántico para el Comercio y la Inversión con los EEUU.

Publicitado como el “acuerdo comercial más importante jamás negociado”, es decir, como la enésima panacea de un desquiciado capitalismo que, con la falacia de que va a acabar con la crónica crisis económica y financiera que padecemos, parece querer morir matando, el hecho de que esté negociándose en absoluto secreto cual conciliábulo masónico o secta satánica (sí, el TTIP se asemeja a un ser de las tinieblas que no soporta la luz... ¡y taquígrafos!) da que pensar y mucho. Desde luego, lo poquito que va trascendiendo hasta ahora (más privatizaciones y recortes en el sector público, más “flexibilización” laboral, menos regulaciones y límites para unas finanzas ávidas por penetrar en cualquier nicho susceptible de suponer un lucrativo negocio, etc.) no resulta nada halagüeño ni para las personas de a pie ni para el maltrecho medio ambiente. 

Más bien al contrario: todo apunta a una creciente desigualdad, pobreza y destrucción medioambiental y a un notabilísimo incremento del hoy casi omnímodo poder de las transnacionales (la “corporatocracia”, en acertadas palabras de la politóloga Susan George) por encima de lo poco que nos va quedando de estado del bienestar, estado de derecho y soberanía nacional. Por encima, en definitiva, del bienestar y de la seguridad de los propios ciudadanos europeos que, si se aprueba, estaremos expuestos a los productos alimenticios procesados con organismos modificados genéticamente (caso de la carne de ternera criada con antibióticos y hormonas) o tratados con productos tóxicos (desde los pollos lavados con cloro a las lechugas fumigadas con potentísimos pesticidas), los cosméticos que contengan dudosos elementos químicos, los costosos medicamentos no genéricos, etc. 

¿Cuál será el escenario entonces? Desde luego, de seguir con este demencial experimento entre orwelliano y huxleyriano de una UE que a la vez que vende democracia actúa bajo ya indisimulados parámetros tiránicos, los de arriba acabarán convirtiendo al viejo continente en una gigantesca prisión en la que a todos nosotros únicamente nos quede la resignación de aceptar nuestra condición de servidumbre. ¿Lo permitiremos? Al respecto, conviene no olvidar nunca que el conocimiento sigue siendo la mejor arma para derrotar a la oscuridad y que la ciudadanía tiene (tenemos) la última palabra.

            RICARDO HERRERAS


                                                                

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