miércoles, 18 de noviembre de 2015

El ¿choque de civilizaciones? observado y analizado por Ricardo Herreras Santamarta.







Ricardo Herreras Santamarta/


                                                         ¿CHOQUE DE CIVILIZACIONES?                  


Tan solo unos días después del horroroso e injustificable crimen parisino, las condolencias (algunas, bastante hipócritas, todo sea dicho) van dejando paso a esa inefable fase caracterizada por la instrumentalización del miedo, la rentabilización electoral de los atentados, la ofuscación colectiva y la demonización de quienes, haciendo uso de su legítimo derecho a pensar diferente más allá del patrioterismo barato que todo lo invade de soflamas belicistas y consignas preestablecidas, osen cuestionar la estrategia emprendida desde 2001 en la llamada “guerra contra el terrorismo”.

A tan carroñero y vomitivo banquete no ha tardado en apuntarse la emergente y demagógica extrema derecha europea, los neoliberales de siempre más algún que otro gacetillero mamporrero de los poderes fácticos tipo Isabel San Sebastián o Eduardo Inda. Todos ellos (en un torticero y perverso discurso de “si no estáis con nosotros, estáis con los terroristas”) pretenden erigirse nada menos que en los adalides y albaceas de los valores de la civilización occidental, del Estado de Derecho e incluso de la Cristiandad, a los que supuestamente van a salvaguardar, en nombre de la seguridad y previa estigmatización de todo lo que huela a musulmán, mediante la adopción de nuevas medidas coercitivas encaminadas a un mayor control si cabe de la población.

En medio de la lógica rabia e indignación por lo ocurrido en París convendría recordar que los valores de la civilización occidental llevan ya demasiado tiempo siendo pervertidos, pisoteados y manipulados sin ningún rubor precisamente por ellos mismos, pues en el fondo nunca les han importado un pimiento; que defender el Estado de Derecho recortando libertades y derechos adquiridos tras siglos de lucha y reivindicaciones para su consecución es un contrasentido; que las más numerosas víctimas (por las que nadie, por cierto, ha puesto jamás una jodida banderita en su foto de Facebook: sí, aquí hay víctimas de primera y de segunda) de la barbarie yihadista son los propios musulmanes, con cuya sangre inocente han sido regadas las calles, plazas y mercados de Bagdad, Trípoli, Ankara, Beirut, Nairobi, Damasco o Lagos; y en cuanto a los valores cristianos... creo recordar que fue un perturbado fundamentalista cristiano quien en 2011 la lió parda en una tranquila islita noruega y entonces nadie pidió el cierre de las iglesias.

Mal que les pese a los amigos del “Gran Hermano” orwelliano, lo que empezó en los años 70´ con una especie de “pacto de sangre ” entre nuestros dirigentes y las monarquías (principales difusoras de la visión más integrista del Islam, el wahhabismo, y a las que se pone la alfombra roja por aquello de los petrodólares) del Golfo, prosiguió en los 80´ con el irresponsable apoyo a los muyahidines afganos para derrotar a la URRS, continuó con una guerra ilegal para encontrar unas armas de destrucción masiva inexistentes tras los atentados del 11-S, avanzó con las tropelías de la OTAN en Libia y ha culminado (de momento) con el indisimulado intervencionismo en Siria (donde se ha creado ese monstruito de Frankenstein que es el Daesh) muy, pero que muy poco tiene que ver con ninguna imaginaria “guerra de civilizaciones” y sí mucho, muchísimo con esa “doctrina del shock” ideada por el economista neoliberal
Milton Friedman y puesta en práctica por sus poderosos seguidores a fin de crear “espacios de caos” allende nuestras fronteras para mayor gloria de los oscuros, espurios e inconfesables intereses geoestratégicos, económicos y armamentísticos del Nuevo Orden Mundial.

Una “doctrina” infame cuyos resultados a la vista están: la oligarquía y las multinacionales acumulan más riqueza y poder que nunca en su historia desde sus inexpugnables refugios de lujo mientras la mayoría de la población de TODAS partes del planeta queda condenada a sufrir en la intemperie -porque el caos ya está aquí, a la puerta de nuestras mismísimas casas- una auténtica marea negra en forma de guerras de rapiña, extremistas de todo pelaje y condición, políticas austericidas, decadencia de infraestructuras públicas, disminución de ingresos, trabajo precario, pobreza, avalanchas de refugiados... y ahora también los atentados más sanguinarios.

  RICARDO HERRERAS



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