domingo, 15 de noviembre de 2015

Recordando la Feria de San Martín en Mansilla de las Mulas. Memoria nostálgica de Ricardo Herreras.







Ricardo Herreras Santamarta/

                                                                           NOSTALGIAS
                                                                           A mí amigo Faus, viticultor y "potentado" (sic) local


El pasado miércoles 11 de noviembre (festividad de San Martin o, como
dicen los más viejos del lugar, San Martino) fue un día lleno de
recuerdos para mí. A buen seguro que las nuevas generaciones de
jovencitos barbilampiños abducidos por lo multimedia no sabrán de qué
hablo, pero todavía hasta finales de los años 70´ en la localidad
cercana de Mansilla de las Mulas se celebraba ininterrumpidamente
desde la Edad Media una de las más importantes y espectaculares ferias
ganaderas a nivel nacional, nada que ver con el (post)moderno,
desangelado e impersonal evento multisectorial del presente.


Los que éramos niños entonces y vivíamos en pueblos cercanos
contemplábamos, entre atónitos y embelesados, desde más una semana
antes y procedentes de todos los rincones de España, el espectacular e
interminable trasiego de incontables rebaños de ovejas merinas
escoltadas por enormes perros mastines, vistosas reatas de mulos y
asnos guiadas por mayorales a caballo, familias enteras que viajaban
en carros engalanados cargados de productos hortofrutícolas o de la
reciente matanza ("A cada cerdo le llega su San Martín") del marrano
criado con mimo en casa... inundando literalmente el Camino Real
Francés y la antigua calzada romana en dirección hacia dicha
localidad.





A tan famosa cita anual en la enorme, abarrotada y colorida explanada
junto a las murallas medievales de la villa no podían faltar aquellos
entrañables tratantes (también llamados muleteros o chalanes, en su
mayoría gitanos, enseguida distinguidos por su atuendo: blusa tres
cuartos negra, una tralla en la mano, con la cuerda terciada sobre los
hombros, la cabeza tocada con una gorra visera, una boina o un
llamativo sombrero) y charlatanes de feria (a los que recuerdo como
bastante más simpáticos y en el fondo honestos que muchos de nuestros
actuales politicastros) intentando venderte los productos más extraños
y variopintos con sus shows de labia incontenible. Ni la compra de la
tradicional ristra de ajos para su siembra ("Por San Martino, el ajo
fino") inmediata ni mucho menos la inevitable y muy agradecida
degustación de ese riquísimo y típico plato de bacalao preparado al
estilo mansillés, acompañado de cecina de chivo en los entrantes y
regado con buen vino de la tierra al que, por cierto, siempre me
invitaba mi abuelo paterno.




Eran los últimos coletazos de un mundo rural ya condenado sin
miramientos ni consideración alguna al ostracismo desde los años 60´,
despreciado después para librarnos de nuestro pasado pueblerino y
subirnos así al tren de la modernez que trajo la sacrosanta Transición
y, con la insatisfactoria e infame (sí, por aquello de "la división
internacional del trabajo", Alemania y Francia nos convirtieron, con
la complicidad de algunos políticos compatriotas, en un "país
servicios", eufemismo que esconde la realidad de un "país de bares y
casas de putas") entrada en la entonces CEE, apuntillado de forma
definitiva.


Un mundo rural seguramente no idílico, pero que se corresponde con mi
infancia. Y quien ha vivido la infancia en un pueblo sabe lo
especial que resulta. Quizás por eso rememoro ahora dicha época con
una pátina de tenue nostalgia y esquiva benevolencia, como solo pueden
hacer quienes -como un servidor- nunca hemos terminado de ubicarnos
en ninguna parte por eso de haber vivido los estertores de lo que se
llamó "lo viejo" y el principio de lo que se abrazó como "lo nuevo".


                                                                                                                     RICARDO HERRERAS




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