domingo, 10 de enero de 2016

Ricardo Herreras rememora un episodio de su pasado laboral.





Ricardo Herreras Santamarta/



OUT OF THE PAST

A mi amiga Beatriz, compañera entonces en las siempre ingratas tareas de vigilancia

Aprovechando mi estancia en el pueblo en estas fechas navideñas y revolviendo viejos cajones en mi casa familiar encontré hace algunos días una foto en la que, como un auténtico y relamido panoli, aparezco con el uniforme de la última empresa de seguridad en la que trabajé mucho tiempo atrás. De pronto los recuerdos brotaron a mi mente desde el sótano más gris de mi vida.

Aún no sé cómo demonios ni cuando empecé a trabajar allí pues los años ya se me van difuminando en la memoria, pero cuando entré en aquella oficina a buscar curro era un día de primavera tardío y caluroso, eso sí lo recuerdo bien, de esos en los que el calor ya empieza a parecer más pegajoso que el mismísimo jarabe. El jefe de aquel chiringuito, el clásico patrón (que no empresario) de por aquí: una mezcla de negrero provinciano y grosero destripaterrones venido a más gracias a algún que otro contacto en las alturas, explotador (no dejaba de recordarte todos los días que le debías hasta el oxígeno que respirabas) e inculto (se jactaba ante nosotros de haber leído en su vida solo el manual del vigilante y el código de circulación), muy capaz de comerse un kilo de su propia mierda antes de dirigirte una palabra amable.

De esta forma tan tonta y de un día para otro, entré como un autómata en una vorágine de horarios nocturnos extenuantes en los servicios más estrafalarios, demenciales y algunos de ellos también peligrosos que conllevaron los esperados trastornos biológicos en los ritmos circadianos: ausencia de sueño, pérdida de apetito, cansancio crónico más la consiguiente apatía y el inevitable aislamiento social, antesala de la tan temida depresión.

Así durante casi tres años en los que solo hice que acostarme temprano... ¡para no poder dormir! Porque lo peor era el insomnio. De día y de noche parecía un jodido zombie sonámbulo. Cuando se padece de insomnio uno no está despierto ni dormido y nada parece real. Las cosas se distancian como si miraras por una lente deformada y todo parece como una mala fotocopia de otra mala fotocopia. Y la inacción: horas y más horas estando ahí sin hacer nada casi nunca, más solo que el espacio entre las estrellas, viendo crecer la hierba y pensando en el sexo de los ángeles, mientras me sentía como un grano de arena en medio del puto desierto del olvido.

Algo positivo tuvo trabajar en la noche, es verdad: me mostró el otro lado de la vida, el menos luminoso, ese que revela la auténtica naturaleza de muchas personas. Y no, no me refiero a lo que habitualmente entendemos por esa fachada erótico-festiva repleta de circo y más falsa que un billete de Mortadelo que coloquialmente denominamos como “farra”. Hablo de otra cosa. Con algunas de aquellas “peculiares” personas viví entonces momentos buenos y otros no tanto, pero siempre singulares e incluso los hay que son todavía hoy mis amigos.

Al fin, un buen día reaccioné: fiel a mi estilo, mandé a tomar por culo al susodicho jefe y salí de toda aquella mierda. Lo malo es que después fui a dar con mis huesos a un conocido Call Center local rodeado de business managers con más vanidad que cerebro, de team leaders que harían las delicias como guardianas en un lager nazi y de un montón de individuos -muchísimo más rastreros que los que me encontré en el “lado oscuro” de la noche- frustrados que, mientras quemaban sus vidas conformándose con ser parte de un engranaje diabólico que los abocaba a la hipertensión, la úlcera de estómago, el infarto de miocardio y la pérdida de neuronas, por vender un miserable seguro más que tú al día bien podían pegarte un navajazo.

Pero como diría Rudyard Kypling, “esa ya es otra historia”, una que a lo mejor me da por contar otro día y que sospecho no será demasiado diferente a la de tantos jóvenes cualificados que, para vergüenza de nuestros gobernantes y durante demasiado tiempo, han sido condenados a encadenar un trabajo basura tras otro en este extraño país llamado España.


                                                                       RICARDO HERRERAS


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