martes, 23 de febrero de 2016

Felipe Zapico Alonso. Muros marcados con tiza. Amargord ediciones.






Esto que puedes tener entre tus manos bien podría ser un libro bomba y Felipe Zapico bien podría ser un poeta. O mejor dicho, el poeta. Ese que miran con desdén los académicos y literatos, ese que ignoran  los burguesitos de la pluma en ristre y el cuaderno ojeroso sobre las barras de los bares y las mesitas veteadas de los cafés. Es ese poeta que ningunean en los astrolabios dorados de la cultura porque aseguran que Felipe es un poeta panfletario. Y sí, lo es. ¡Y qué!

Felipe Zapico es, ante todo, un poeta anarquista, un poeta que hace de la protesta su bandera, ese trapo sucio de los apátridas. El poeta del mundo que escribe soflamas y grita panfletos y arroja poemas incendiados de rabia. El poeta sin poemas que dice las cosas claras, sin retorcimientos lingüísticos ni perversiones semánticas, sin corrección políticamente ni manipulación alguna, de frente, sin dudas, con corazón . Porque la injusticia es explícita y el juego democrático, la ignominia donde se esconde la impunidad.

Es el poeta de los parias y los precarios, que proclama que las palabras son para todos y todas, parte de nuestro poder. Un poder que nunca debimos dejar en manos de periodistas, políticos, publicistas y demás hacedores de mentiras.

Felipe Zapico es un poeta Durruti, un poeta deicida, un rocker poeta, un poeta oral, un poeta que soflama contra el viento, por tanto, un poeta megáfono, un poeta plaza, un poeta pueblo,  un poeta, hoy más que nunca, necesario.

Y este libro, bien podría ser un libro de poemas, pero prefiere ser un libro irreductible, un libro pirómano, un libro libertario, un libro que lucha, que nos llama a la acción sin ambigüedades, un libro que sabe que el sistema neoliberal socialdemócrata es precisamente un muro sobre el cual la supervivencia de toda poesía es tan endeble como trazos de tiza en un día de viento. 

 

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