domingo, 23 de octubre de 2016

Las cosas de Chernobyl.








Ricardo Herreras Santamarta/





                        CHERNOBYL Y EL COLAPSO DE LA UNIÓN SOVIÉTICA


Emulando a aquel célebre primero de mayo de 1945 sobre el Reichtag, un día de octubre de hace treinta años la bandera de la Unión Soviética era ondeada en todo lo alto del gigantesco sarcófago de 400.000 m³ de hormigón y 7300 toneladas de metal tan heroicamente construido por miles de voluntarios sobre el cuarto reactor de Chernobyl.

Seis meses antes, la tristemente célebre central nuclear situada en Ucrania y a escasos kilómetros de Bielorrusia sufría un gravísimo accidente cuando los técnicos de la misma experimentaban con un nuevo sistema eléctrico de control. Según los informes, el siniestro se produjo por una fatal combinación de defectos de diseño atribuibles al propio reactor y posibles negligencias por parte de los operadores. Ello condujo a una subida de potencia imposible de controlar que desembocó en una cadena de explosiones e incendios que acabaron ocasionando grandes daños al edificio que lo contenía y provocando la emisión al medio ambiente de enormes cantidades de material radiactivo con la consiguiente formación de una gigantesca nube tóxica extendiéndose a lo largo de Europa.

La demora con la que se actuó (la cercana ciudad de Prípiat no se evacuó hasta 36 horas después de la explosión y para cuando los responsables regionales comenzaron a evacuar las poblaciones a un radio de 30 kilómetros, el 2 de mayo, ya había miles de afectados por los primeros efectos de la radioactividad), la falta de previsión (de nuevo puesta de manifiesto en la central japonesa de Fukushima I en 2011: la energía nuclear es incontrolable, admitámoslo) para abordar un incidente de tales proporciones y la ocultación (el secretario general del PCUS Mijaíl Gorbachov no decidió leer el informe en el que reconocía la magnitud de la tragedia hasta el tardío 14 de mayo: eran los años de la Guerra Fría, conviene tenerlo en cuenta a la hora de entender el contexto) de la gravedad de los hechos obligaron a un despliegue humano sin precedentes para evitar que las letales consecuencias de lo ocurrido adquirieran una escala global. Así, en las semanas posteriores cerca de 900.000 bomberos, policías, militares, químicos, físicos, ingenieros, mineros, constructores, soldadores, etc. (los llamados “liquidadores”) llegaron a la zona siniestrada procedentes de todas las repúblicas y regiones que componían el inmenso país.

Treinta años después de la catástrofe y junto al lógico resentimiento hacia unas autoridades que los enviaron a un infierno radiactivo donde hasta los robots enloquecían, de los testimonios recogidos entre los “liquidadores” supervivientes - para disgusto de quienes, como la premio Nobel Svetlana Alexievich, solo recuerdan los fracasos/crímenes del comunismo y jamás el lado positivo del alma soviética y del sistema en que se cultivaba, haciendo bueno el aforismo schopenhaueriano de que “cada uno tiene máxima memoria para lo que le interesa y mínima para lo que no le interesa”  - se desprende todavía hoy un sentido del deber tan encomiable como extraño a ojos de nuestros descreídos tiempos. A su manera, debió ser gente excepcional, hecha de otra pasta, imbuida de una arraigada allí cultura del sacrificio colectivo.

Fue la última gran batalla librada por la URSS y, en cierto modo, su última victoria. Pero como tantas otras en su historia, a un coste humano (el número de víctimas relacionadas con la tragedia sigue siendo fuente de controversia) intolerable. Bueno, en realidad la penúltima: la última y más decisiva, la que debía reformar el para entonces anquilosado régimen socialista, se perdió a finales de 1991. Entre otras muchas cosas, también por la frustración y el desencanto que generaron entre el pueblo las mentiras vertidas en Chernobyl por quienes - Gorbi y los impulsores de la fallida Perestroika - presuntamente pretendían reformarlo.



RICARDO HERRERAS




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