martes, 14 de diciembre de 2010

Crítica de contenido al libro de Ramón Carnicer: "Donde las Hurdes se llaman Cabrera". Parte II.


Reanudo la crítica de contenido a continuación.

CAPÍTULO 8: DE SANTALAVILLA A LLAMAS (páginas 39 y 40) Cuando subo una pendiente y el sol cae implacable, alcanzo una mujer de Santalavilla. Es rubia, joven aún va vestida de negro y lleva un pañuelo negro en la cabeza. En la mano derecha sostiene una hoz, y con la izquierda coge la mano de un niño de cinco años, absolutamente rubio. Doy las buenas tardes y empezamos a conversar.
-Diga, cómo es que va usted a segar?, ¿está viuda? -No señor. En la Cabrera las mujeres trabajamos igual que los hombres. Además, mi marido anda en las obras del otro río, el Sil y poco puede hacer en casa-. La pregunta de si la mujer va a segar me parece un tanto ridícula y evidente, denota que es un "pseudoseñorito de ciudad" y sorprendentemente, poco enterado de las labores agrícolas locales de su provincia, porque en los pueblos leoneses, la zona de la Cabrera entre otras, o incluso en provincias limítrofes y cercanas como Zamora, siempre han trabajado en el campo personas de ambos sexos indistintamente. Respecto al estado civil de la mujer (viuda) me parece demasiado personal, de ahí se deriva la reacción rápida de la mujer. Considero a mi juicio, que serían más apropiadas y sensatas las siguientes preguntas: ¿Tiene usted mucho extensión que segar?, ¿le ayuda alguien a realizar estas labores agrícolas? De esta manera, no sólo se establecerían preguntas y respuestas más útiles entre ambos, sino también una relación más cordial y amistosa, posibilitando que ella contestara más tranquila y menos forzada, porque da la impresión, de que el escritor parece un entrevistador dispuesto a sorprenderse hasta por las labores más comunes.

CAPÍTULO 9: BAUTIZO EN LLAMAS DE CABRERA (página 43) Sentado en ese basamento está don Manuel. La sotana remangada hasta la cintura, deja ver unos pantalones de colorido complejo, tirando a pimentón. De los hombros de don Manuel desciende un roquete, muy largo porque en su origen debió de rizarse con almidón y hoy aparece liso en su pérdida blancura. De su cuello, baja una estola de dos colores, fundidos por el sudor y la grasa en un gris indefinible. Sus descripciones y comparaciones sobre el sacerdote no dejan lugar a dudas, quiere hacernos ver que éste está desaliñado y sucio, algo que no tiene porque ser cierto, pues la ropa descolorida no es sinónimo de suciedad, sino que puede serlo de desgaste por el uso, o de mal tinte en el caso de cierto vestuario. Sencillamente, relatando que el párroco llevaba unos pantalones descoloridos, un roquete gastado por el uso y una estola gris, bastaría para comprobar que el escritor es considerado y respetuoso, pero estas son unas características personales, de las que una vez más carece.

CAPÍTULO 9: BAUTIZO EN LLAMAS DE CABRERA (página 46) Terminado el bautizo, el padre y los padrinos van con don Manuel a la sacristía para registrarlo. En tanto, recorro el interior de la iglesia, tenebrosa, con unos retablos barrocos que anidan los murciélagos. Todo está en el mayor abandono y pobreza, y todo -cortinas, imágenes, altares- cagado de los pájaros que entran y salen libremente por los cristales rotos. Ahora arremete contra la iglesia local, puede estar un poco abandonada, pero matizar que es nido de murciélagos y cagada por pájaros, me parece un despropósito y una falta de respeto hacia el templo religioso y de manera indirecta, hacia todas las personas que lo mantienen o las que se hallan presentes en dicha ceremonia. ¿Porque entró voluntariamente en el templo?, nadie lo obligó, pues por lo menos que acepte lo que vea, que no lo desprecie criticándolo en su estilo bobalicón, para eso estaba mejor callado y en la calle.



CAPÍTULO 9: BAUTIZO EN LLAMAS DE CABRERA (página 46) La niña tonta, en su piedra, sigue sonriendo y gritando: -¡Mamá, mamá...! Otra falta de respeto, esta vez con el tema infantil de fondo, no le parece ni normal que la niña llame a su madre, algo altamente probable y normal, no sólo denota falta de paciencia hacia el hecho y desinterés por el tema familiar, sino que olvida rápidamente que fue padre y docente, así que ofrece dudas del trato que tuvo con ellos.

CAPÍTULO 10: GENTE DE LLAMAS (página 47) Sin embargo, quiero ver la habitación y dejar en ella la mochila. A la luz que entra por la puerta, por el estrecho ventanuco y por la ruinosa tejavana, diviso un antro tenebroso y pestilente. Sus dos camas, de hierro negro, son un revoltijo polvoriento de sucias frazadas, sacos vacíos, alpagatas rotas, alforjas, zarandas... No, no me quedo. La mujer escucha mis disculpas y cierra la puerta con la misma indiferencia con la que la abrió. No sólo rechaza la habitación, la cual puede faltarle orden y limpieza, pero puede ser habitable; sino que hace una descripción cargada de ironía y sarcasmo absolutamente despectivo hacia el cuarto y hacia la mujer, como evitando dar más explicaciones, lo cuál denota soberbia y poca humildad, inconformismo, e incluso poca paciencia con el lugar y su dueña. ¿Qué pretendía, vivir en un palacio con sirvienta?, en los pueblos por aquel entonces (verano de 1962, fecha del viaje al escritor a la Cabrera) no había muchas comodidades, una vez más salen a relucir sus aires "de pseudoseñorito de ciudad" y de su total incomprensión hacia la dueña de la fonda.

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