jueves, 16 de diciembre de 2010

Crítica de contenido al libro de Ramón Carnicer: "Donde las Hurdes se llaman Cabrera". Parte IV y Conclusión general.

Esta foto pertenece a las niñas descritas en el primer texto por el escritor y es la portada del libro de Edilesa y Diario de León, edición 2007 , del cual he extraído todos los textos.

Sigo con las críticas de contenido a continuación, al final de las mismas, realizo una conclusión general del libro.

CAPÍTULO 20: JUSTINA (páginas 91 y 92) Mientras observo una de las casucas y me dispongo a fotografiarlas, percibo unas ahogadas risas infantiles. Con la mano en la boca y apretándose unas contra otras, aparecen al fin cuatro niñas. La mayor debe tener seis o siete años; las otras, cuatro o cinco. Ya sé como se llaman: Amelia, Basilisa, Enedina y Ludivina. Tan líricos nombres resultan más sorprendentes bajo la capa de mugre, tierra y mocos que cubren los vestidos y la cara de las niñas. La alegría de mis acompañantes crece por momentos, y no hay duda de que lo están pasando muy bien. Palmotean y saltan, y escoltado por ellas llego a una explanada donde se alza la escuela. Es de una planta y está bastante desmochada y decrépita, pero recién construida, con sus paredes encaladas, debió de parecer una paloma en medio de la negrura ruinosa del pueblo. Si las niñas estaban jugando en un pueblo, parece normal y lógico que sus vestidos y ellas estén manchados de tierra o sucios, pero de ahí a exagerar y faltarles una vez más al respeto con su descripción me parece excesivo, porque ellas no le hicieron daño, sino al contrario, le permitieron sacar la foto y lo acompañaron por el pueblo. En cuanto a la escuela es muy fácil la comparación de algo nuevo con las antiguas construcciones, salta a la vista cuál es mejor, pero sobra su insultante calificativo contra el pueblo tratándolo de ruinoso por ser una apreciación posiblemente alejada de la realidad, en todo caso, las casas estarían sucias y serían de estructura sencilla por ser los habitantes de escasos recursos económicos. Su falta de humildad y la carencia de aprecio por lo que observa siempre es con lo ajeno, curiosamente, el autor nunca hace una valoración sobre su propia cara o sobre el resto de su aspecto físico.

CAPÍTULO 24: NOCEDA (páginas 114 y 115) Después me manda subir y pasar a un cuarto semejante al comedor de Laureano, más pequeño y con paredes de ladrillo -gran lujo en la Cabrera-, pero sin revocar. Además de una mesa cuadrada y una casa enorme, hay un lavabo de tres pies con su jofaina. La ventana da al derrumbadero de la Fraga, lo cual quiere decir que la casa está en capilla para el próximo corrimiento de tierras. Junto a la mesa hay una vieja apergaminada y con ojos de lechuza, fijos en mí; en su boca redonda y entreabierta, llena de arrugas radiales como un esfínter, no se ven rostros de dentadura. Sin duda, la comparación más ácida de todo el libro y es en la que se aprovecha de la anciana mujer para criticarla a sus espaldas, pues que no le guste su apariencia física no le da derecho a despreciarla, su descripción es un insulto a la pobre señora, la cual, podía no ser agradable a la vista, pues es bien sabido que las arrugas pueden causar grandes estragos y afean a algunas personas; bastaría con escribir lo siguiente: una anciana con abundantes arrugas y sin dientes que no le quitaba el ojo de encima. Por otra parte, me gustaría conocer la opinión de esa señora en ese mismo momento sobre el escritor, precisamente no creo que lo tratara como a un modelo de revista, sino más bien como a un señor calvo con gafas y de mediocre aspecto físico, descripción ésta, mucho más respetable que las del escritor, al que le cuesta emplear calificativos moderados. También de manera directa, pronostica la ruina de la casa, intentando mofarse nuevamente de las modestas construcciones de la localidad, todo un ejemplo de como no saber escribir sin ser destructivo. Aunque para mí, su ofensa no pasa de ser una más de sus miserables críticas personales, repetitivas e innecesarias.



CAPÍTULO 25: SACEDA (página 118) Acomodándome a la larga zancada del cura, sigo tras él y al poco rato penetramos en una choza. Dentro se apretujan otras mujeres y críos, cuando me acostumbro a la obscuridad con que se pugna la luz de una vela, distingo al fondo a una mujer echada en un camastro. Es muy vieja y se le ve un manchón sobre un ojo, lo que la gente llama un capricho. Le cubre la cabeza una toquilla negra, y para adornar el antro y la vieja -señora Lucía, la llama el cura- han echado una sábana limpia encima del camastro; otra sábana sube de la almohada a la pared; y una tercera, como una cortinilla, pende de un palo junto a la cabecera. En un alto las oraciones, y mientras la gente se aprieta en un vaho sofocante, agrio y pobre, hago señas al cura preguntando si puedo hacer una fotografía. Asiente, y cuando brilla el fogonazo, la vieja y todos los circunstantes se mueven con asombro hacia mí, que subido en unas tablas me he quedado sin sitio para volver al suelo. El cura da la comunión a la vieja, y una vez fuera de la choza, se lanza seguro y veloz por el derrumbadero, seguido únicamente del monaguillo que trata de darle alcance saltando de peña en peña y haciendo sonar la esquila. Es realmente repugnante de leer, como trata con desprecio esta escena de la cama donde se halla postrada la mujer, la cual está enferma e indefensa. La habitación calificada de antro (lugar poco aireado y sucio) es la forma que tiene el vulgar escritor de sacar partido de la tragedia humana de la anciana. La casa, a la que asocia al derrumbadero, es otro buen ejemplo de su manera de criticar todo lo que llega a percibir desde detrás de sus lentes. Tras saciar su afición a la fotografía, parece querer tener el protagonismo que no le concede la gente, la enferma es la mujer postrada, él es un mero espectador en un lugar privado, al que no fue invitado, sino que gracias a la amabilidad de la gente y al beneplácito del sacerdote logró acceder, portándose una vez más, bastante mal con los hospitalarios habitantes del lugar, callando primero, criticando desde la distancia y ofreciéndonos finalmente un perfil de escritor iracundo, negativo y también cobarde.

CONCLUSIÓN GENERAL DEL LIBRO. El libro del cual he sacado los textos, fue publicado por la editorial Edilesa en 2007, es extenso, posee 32 capítulos y 173 páginas en total, siendo una copia del original publicado por el autor en el verano de 1962. Mis críticas de contenido simplemente son una mínima parte de los textos correspondientes a los capítulos más críticos y destructivos del autor, como los que por otra parte, jamás he visto y leído en un libro de viajes. Ramón Carnicer, de un modo vil, se hartó de hacer críticas a varias partes de la sociedad de la Cabrera en el verano de 1962: eclesiásticos, ancianos/as, niños/as, personal obrero (segadora, dueña de fonda...) todos/as despreciados/as y ridiculizados/as varias veces sin mucho sentido, cuando lo más sencillo para el escritor era relatar acerca de lo que veía, ahorrándose ese tipo de críticas estúpidas. Pero no sólo eso es cuestionable, sino que además publicó el libro en León, a demasiados kilometros de distancia de las poblaciones de la Cabrera y de los principales protagonistas contemporáneos del manuscrito. Los habitantes de la comarca no pudieron defenderse de tales burlas, en parte por escasez de medios de la época, en parte por la falta de acceso a el mundo de la escritura de divulgación, pues en aquellos momentos, en España todavía había demasiadas carencias. En los pueblos de aquel entonces, predominaba la agricultura y la ganadería, eran pocos los chiquillos/as que estudiaban y la mayoría de la gente que accedía a los medios de difusión eran privilegiados que lo lograban a través de las universidades o del ámbito religioso. Sacerdotes y demás rangos eclesiásticos, fueron los únicos que se opusieron a los contenidos de esta obra. Si este libro alcanzó el éxito fue gracias a la incultura sembrada por el régimen y a los políticos del momento, era una época de intolerancia y no existía posibilidad de cuestionar opiniones, aunque fueran de un autor como Carnicer. Ahora, sus incomprensibles reediciones perennizan la mala educación del escritor, tal vez alabándolo amigos, medios o patrocinadores del libro que en la mayoría de los casos puede que ni hayan leído la obra, su vigencia debe de entenderse bajo una estrategia y falta de escrúpulos comerciales. Por esas razones, al igual que el clero, yo también he hecho una crítica de contenido y comentarios del autor, los cuales son frecuentemente incorrectos y mal utilizados por parte de Ramón Carnicer. Era oportuno salir en defensa de la gente de los citados pueblos, quienes se merecen un mejor trato y respeto. La gente sencilla de nuestros pueblos, no necesita que se les manipule como a títeres desde los espacios urbanos, porque sin ellos la gente de las ciudades no dispondría diariamente de productos de primera necesidad, tales como pan, leche, huevos, hortalizas, verduras, fruta..., en fin, las propias ciudades también tendrían mucha menos población, pues buen número de estudiantes o gente que trabaja en ellas proviene de pequeñas localidades. Entre ellos nos incluímos muchos, por ejemplo yo mismo, mis padres o parte de mi familia, los cuales vivimos en el campo y luchamos todos los días para que se nos tenga en cuenta y se nos valore más por parte de las Administraciones de cualquier tipo. Por todos esos motivos se ha publicado esta crítica en un lugar de fácil acceso y rápida difusión, para que los lectores de esta sección del blog, vean de una manera sencilla el estilo despectivo que reflejan los textos del libro, pudiendo opinar sobre ellos, y valorando si los pueblos de España merecen ser tratados así por autores tan impresentables como Ramón Carnicer.

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