sábado, 11 de diciembre de 2010

La abuela Águeda. Un pequeño cuento maragato para volver al Río Negro del pasado.


Pedro Criado Juárez nos obsequia esta vez con un pequeño cuento maragato. De esta apacible manera, el autor nos quita de un plumazo la incertidumbre que supone enfrentarse diariamente a las inesperadas noticias de la actualidad.

Su experiencia personal y su natural talento, claman al pasado para que vuelva a la mente de los lectores, ya que en su entretenida trama vamos a trasladarnos a la tierra de Río Negro, en la Argentina de otros tiempos.



La abuela Águeda
Un pequeño cuento maragato.


El camino de tierra, definido por los chopos que lo bordean, se estira hasta interceptar el horizonte sin el menor movimiento vertical ni horizontal. Es una línea verde en el paisaje de la llanura, oblicua al pliegue del cielo con la tierra. A ambos lados, en grupos geométricos, los distintos verdes de duraznos, perales, manzanos y ciruelos. Al alejarse de la rivera el campo se hace gris y yermo, y el camino incierto y desasosegante.

La llegada de algún vehículo a la chacra se anuncia con lejanas nubes de polvo, sobre la raya verde. Nieves está ya en el corral de las gallinas, matando pollos. Ha visto hace rato el ocre de la polvareda levantada por dos coches, lo que le indica la extensión que debe de tener la matanza. Con habilidad caza a los animales por el cuello y en un rápido movimiento los desnuca, arrojándolos a un montón de aleteantes agonías. Hace mucho que abandonó la forma de sacrificarlos aprendida de niña, en el pueblo: el lento desangrado tras degollar al animal. Aquí todo tiene que ser más rápido, más grande, en más cantidad... y ella piensa... que peor.

La casa es un amontonamiento de sucesivas construcciones a lo largo del tiempo. Todo comenzó con la casamata construida por Quirze en 1892, cuando Águeda quedó embarazada. Hacía dos años que les habían adjudicado la tierra, pero las pendencias con los mapuches les tuvieron en un nomadismo del que querían librarse. Sesenta y cinco años después la casa es un dislocado armatoste en medio de una pujante chacra agrícola y ganadera. El enorme esfuerzo terminó con Quirze, y tiene a Águeda recluida en una habitación, torpe de cuerpo, y con el alma muy lejos, en un pueblo de la Somoza leonesa del que salió hace sesenta y nueve años. Le cuida su hija Manuela, ya viuda, y sus nietos Pablo e Inés, que explotan la finca que surgió del desierto y del brutal trabajo.

Por la amplia explanada que se abre ante la casa cruza Pablito. Es nieto de un primo de Manuela. Una familia que hace poco llegó de Madrid, en busca de la vida. El niño lleva del ronzal a la guacha torda que le regaló Pablo al llegar. Ata al manso animal en el olmo que preside el espacio abierto, y corre al galpón del potrero a por un manojo de alfalfa, que ofrece a la yegua mientras acaricia su frente.

La ventana de la abuela Águeda se abre a todas las nostalgias, en los tiempos superpuestos por los que su mente viaja confusa y desorientada.


- Manuela, he visto a Quintín, el hijo de Lorenzo. Llevaba un macho nuevo… Ya tiene una buena recua mi hermano…
- Madre, ese niño es bisnieto de su hermano Lorenzo. Hace unos meses que han llegado de España… esa familia estaba bien… Los muchachos trabajando para unos padres que luego venden la hacienda y despachan a los hijos… ¡Cuánto egoísmo, madre! ¡Cuánto egoísmo!
- Es un macho tordo… no hay muchos… será burdégano, lo habrá traído de Astorga…
- Es la guacha vieja, madre. Se la ha dado Pablo. La lleva como a un perrito.


Son dos coches grandes, ostentosos. Entran en la explanada con su polvareda, haciendo sonar las bocinas. De su interior salen, entre risas, tres generaciones de los Alonso. Manuela e Inés reciben a sus alegres visitantes, una familia propietaria de una chacra vecina. Hace unos años dieron en dedicarse a desecar su fruta: ciruelas, orejones y pasas. Han ganado mucho dinero y les gusta enseñarlo. Los abuelos, como Manuela, son hijos de leoneses de la Somoza. Y siguen siéndolo, en su forma de hablar y comportarse. Su único hijo se casó con una chica descendiente de italianos, y su prole se parece algo más a lo que ahora entendemos por argentinos.


- ¿Dónde andá Pablo? Tengo que engañarle… le quiero comprar unas terneras y unos potros.
- Está en el campo, vendrá a comer. Pero pasad, vendréis con sed…
- Si, vamos a saludar a tu madre, Manuela ¿Como está?
- Pues en su mundo, ya sabéis, no está peor… pero es triste verla tan lejos.


Los habitantes del pequeño mundo de la chacra agradecen las visitas, alteran la rutina, aunque den trabajo. El aislamiento fuerza a la hospitalidad, a la acogida del distante vecino.

La cocina bulle. Dos mujeres indias se afanan bajo el chorro de órdenes de Nieves.


- Sobrará comida… todo a lo grande, todo tiene que ser a lo grande. Como estos monstruosos sapos…, que manía tenerlos en la casa. En mi pueblo poco tenemos, pero hacemos mejor las cosas…


La abuela Águeda preside una mesa en que se come y se bebe en abundancia, entre risas y discusiones.


- A ver qué terneras me vendés, Pablo, quiero unas Angus buenas de verdad.
- Hay unas muy buenas en los prados del camino bajo. Podemos ir a verlas esta tarde.
- Mi marido tiene buen ojo para el ganado. Ha comprado unas vacas guapas guapas. Si no las roban los mapuches… Cuando llegue el riego plantaremos manzanos… dicen que llega el año que viene… los canales están casi terminados…
- Madre, el riego llegó hace treinta años. Tome, tome un poquito más de arroz con leche…
- Potros, hay alguno bueno en el bosque. Los encerraré y te vienes a verlos la semana que viene.
- Una vez acompañé a mi padre con la recua. Pasamos el puerto por Rabanal y llegamos a la tierra de la lluvia, donde el verde dura todo el año… Los caballos no sirven para la recua. Son blandos y exquisitos con la comida…, machos, tienen que ser machos. Me gusta ir al filandón de la tía Asunta, va el Quirze…, ya anda con su padre al trajín. Es serio, y es guapo, muy guapo…
- Por Dios, madre, si, mi padre era guapo, muy guapo, pero está muerto. Desde hace quince años descansa en esta tierra en que se dejó la vida para facilitármela a mí y a mis hijos. Lejos, muy lejos de ese mundo que ustedes dejaron porque les negaba el pan. Y vinieron aquí, e hicieron cuanto nos rodea en un esfuerzo sobrehumano. Madre, aquí está su hija sus nietos, su obra en los campos que nos dan el pan y por los que corre su sudor y el de mi padre. Regrese a este mundo, madre, al que ustedes han hecho.
- Mama, la abuela no sufre. No sufras tú por las dos.
- No puedo acostumbrarme a ver a mi madre en este estado. No puedo.


Cae la tarde. Los Alonso marchan con la misma algarabía que llegaron. Águeda, en su cuarto, acaricia entre las suyas la mano de su hija. Las dos ancianas enlutadas ven el sol ocultarse tras las alineaciones de frutales.


- Todo está bien, Manuela. Todo está bien. Yo ya puedo irme. Tú, aún haces falta.

En mi tierra también hay un Rio Negro…

No hay comentarios:

Publicar un comentario