jueves, 1 de mayo de 2014

Una generación perdida el día del trabajo y el resto de días del año. ¿Un país para pícaros, enchufados y meapilas? / Ricardo Herreras Santamarta: La generación perdida.








                                          LA GENERACIÓN PERDIDA


Si no fuera porque en España se ha instalado en los últimos años una pseudocultura del chascarrillo y de la banalidad más inane, hace tiempo que algún buen ensayo, un puñado de estimables películas (no chorradas tipo “Ocho apellidos vascos”) o siquiera un ramillete de notables novelas se habrían ocupado de nosotros, los nacidos en los años 70´, ahora entrados en la cuarentena algunos o muy cerca de ella otros. Estoy hablando de una auténtica generación perdida, maltratada y derrotada como pocas en la reciente etapa de este extraño e ingrato país llamado España. A pesar de nuestra -en líneas generales- excelente formación, los que estábamos llamados a contribuir con nuestro trabajo y conocimientos al enriquecimiento de la nueva (y presunta) sociedad democrática española, hoy somos víctimas de lo peor que puede padecer el ser humano: la falta de futuro. Con cuarenta años, diríase que sólo tenemos pasado.

            ¡Qué ironía! La misma UE que hace apenas tres décadas parecía habernos introducido por la senda de la modernidad y el progreso, es la misma UE -ahora sabemos que se trata de la “Europa de los mercados”, de la Troika y de los banqueros, no de los ciudadanos- la que nos envía, con la inequívoca complicidad de la antipatriótica y corrupta oligarquía y clase política patria, directamente a la periferia y, si no lo remediamos, la que nos puede hacer perder el tren de la Historia para muchas décadas. Sí, en efecto, todas las reformas que se están haciendo no van encaminadas a que seamos “competitivos” con Alemania o Francia, sino con Singapur o Bangladesh, lo que se traduce en trabajos precarios por sueldos miserables y, de propina, despidos a la carta…

            A muchos de nosotros nunca se nos ha dado la oportunidad de poder demostrar nuestra verdadera valía en aquello para lo que nos habíamos formado. Somos los que nos partimos el cráneo en las aulas de alguna facultad universitaria para conseguir un título que a nadie importa ya, sentenciados luego a la cola de paro, a grotescas entrevistas laborales y, en el mejor de los casos, a partirnos el lomo encadenando un trabajo basura tras otro. 

Otros, los más audaces o valientes, se han ido hace tiempo, se están yendo ahora  mismo o se irán muy pronto, por la puerta de atrás y sin hacer ruido, dejando aquí a una familia que los echará de menos, en un éxodo sin precedentes desde los años 60´, todo ello para buscar una mínima oportunidad laboral que, desde luego, nunca será como nos cuentan en “Españoles por el mundo”, ese infame programa dedicado a convencernos de lo orgullosos que debemos sentirnos de que el planeta esté salpicado de jóvenes españoles. Mientras aquí sólo prosperan los “hijos de” tal o cual cacique local o autonómico, los enchufados y meapilas de siempre, los inmigrantes se convierten en los nuevos Tercios del siglo XXI, maltrecha infantería que ya no es fiel sino a sí misma, mercenarios forzosos en busca de un nuevo amo que les dé de comer y les asegure, con muchísima suerte, mil euros al mes y un futuro a corto o medio plazo, seres vencidos sin otro deseo que no ir a peor de lo que están. Hartos de llamar a mil puertas sin resultado, optaron por lo más razonable: largarse de aquí. Y, francamente, dudo mucho que vuelvan si pueden evitarlo a esta que, más que madre patria, se ha portado con ellos como una cruel madrastra.

No pocos, los que peor lo tienen, jamás volverán a levantar cabeza con los ruinosos pagos (hipotecas y demás) a los que habrán de hacer frente hasta prácticamente el último día de su existencia, sin ninguna oportunidad para rehacer sus vidas. Son los engañados por el espejismo del ladrillo, los utilizados como cobayas por quienes pudieron hacer de este un país culto, trabajador y decente, y no lo hicieron, los timados por quienes, respaldados en las urnas, se han llenado los bolsillos truncando todas las ilusiones en desencanto. 

Finalmente, algunos no están ya entre nosotros. Cansados de luchar, presionados por los facturas, hastiados de todo y de todos, con depresiones crónicas, un buen día decidieron tirar por la calle de en medio. ¿Por qué los noticiarios no hablan del número de suicidios desde el 2008?

Se trataba de una de esas opciones, o de haber tenido el coraje de organizarnos como sociedad civil en algún momento para conseguir cambiar las cosas, para que los responsables políticos y económicos de este desaguisado lo pagaran caro, para dar un puñetazo encima de la mesa y decirle al Bundesbank de una vez que en adelante cobraría en billetes de Monopoly, para…Aunque es verdad que algo así resulta más fácil escribirlo que hacerlo.

            Sí, esta crisis a la que nos ha conducido el feroz y desquiciado neoliberalismo está teniendo en nuestra generación los mismos efectos de una guerra, aunque no haya tanques ni aviones o ametralladoras a la vista. Y no exagero ni un ápice: a sólo dos horas de avión se encuentra Grecia, país convertido en un auténtico campo de concentración por órdenes de la Troika comunitaria, con unos niveles de penuria próximos a muchos países africanos... Desde luego, sólo a quien le ha pasado la vida por encima puede entender de lo que estoy hablando. Lo cierto es que, si salimos airosos de la que está cayendo, seremos auténticos supervivientes. Y espero que algún día podamos contarles a los más jóvenes nuestra particular épica, en la cual descubrimos de verdad de qué material están hechos los seres humanos, lo mejor y peor de ellos, ahí es nada.

            En este día 1 de mayo, Día del Trabajo.

                                                                                  Ricardo Herreras Santamarta.



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