viernes, 11 de julio de 2014

La casta universitaria. Entre el Santo Grial de Margarita Torres y el alumnado manipulable de hoy en día. ¿Un espacio para intelectuales sin intelecto?.








                                                      LA CASTA… UNIVERSITARIA

Es la palabra de moda, gracias a Pablo Iglesias y el partido Podemos: casta. Pero hoy no vamos a hablar de la casta que  todos tenemos en mente, la política, sino la referida al stablishment académico universitario..

            A estas alturas, parece evidente que las erráticas políticas aprobadas y puestas en marcha en el ámbito universitario patrio en las últimas décadas, lejos de mejorar una institución tan importante y básica como la Universidad, lo único que han hecho (y están haciendo) es laminar la reflexión, el debate y el pensamiento crítico entre el alumnado, lo cual después repercute de forma nociva y perversa en todos los ámbitos de la sociedad.

            ¿Por qué? Las razones son variadas y complejas; las responsabilidades ante este estado de postración, compartidas, pues ni las directrices europeas, ni el Ministerio, ni el nivel del alumnado ayudan, desde luego.Pero resulta evidente que el profesorado (salvo honrosas y meritorias excepciones, encantado de haberse conocido y pagado de sí mismo) cada vez prepara menos las clases, no se desvía de los cánones establecidos (ahora, el postmodernismo),  no se implica en actividades que tengan como objetivo la mejora de la sociedad, apenas lee para ampliar conocimientos…y eso sí, vive para satisfacer su ego (cuando no obtener pingües beneficios) publicando de forma compulsiva artículos de qualité, en muchas ocasiones sin el rigor exigible (por ejemplo, el “estudio” acerca del presunto Santo Grial de San Isidoro por parte de una docente de la ULE) y que, a la hora de la verdad, para muy poco sirven y nada aportan a la sociedad.

            Y si entramos en el ámbito de los altos cargos, la cosa resulta sangrante. Encapsulados en sus mastodónticos despachos y ajenos a los problemas reales, sólo se preocupan de montar (a modo de mini-cortijos particulares) chiringuitos para apañar, en una red de corruptelas tan bochornosa como lamentable, todo tipo de estipendios extra a su sueldazo mensual por giras, congresos y demás saraos con los gastos pagados, donde se congratulan a sí mismos (mismamente) y ejercen de lo que mejor saben hacer: de embajadores de lo inútil.

            Guste a quien guste y pese a quien pese, la Universidad española (al menos la que yo conozco) vive  inmersa en un proceso que, por sistema, aniquila el que debería ser su objetivo: la formación de ciudadanos libres e iguales, capaces de pensar por sí mismos y explicar el mundo en el que viven. Por el contrario, se les está convirtiendo en meros autómatas y en carne de cañón para el mal llamado “mercado laboral”: ¿no es el Plan Bolonia, ese que destierra las tan necesarias Humanidades, la mercantilización definitiva de la Universidad? Sí, aunque nuestras universidades presuman de estar cada vez mejor situadas en los rankings internacionales de excelencia, no engañan ya a casi nadie y mucho menos a los que, desde dentro, sabemos lo mucho que dejan que desear grados, posgrados, masters y demás estudios ofertados en nuestras facultades.

            El resultado es que, en el otrora “templo de la sabiduría y del debate”, donde el conocimiento debería ser la base de la excelencia, donde se deberían formar personas y donde se deberían gestar las alternativas a este desquiciado modelo socioeconómico, resulta que hay todo un sistema de incentivos para generar, como he leído recientemente,“estudiantes mediocres, sin reflexión y manipulables, académicos y académicas sin discusión, catedráticos y catedráticas sin cátedra ni conversación e intelectuales sin intelecto”.

            Desde luego, con estas premisas, es mucho más sencillo hacer “reformas”que vayan en contra del interés general de la ciudadanía y en beneficio de los poderes financieros que tienen secuestrada nuestra democracia. Pero, por suerte, todavía hay algunas resistencias y un número considerable de profesores (tipo Pablo Iglesias o Juan Carlos Monedero) y estudiantes que, aún considerados marginales y outsiders por la endogámica y autocomplaciente Academia, siguen luchando para crear una Universidad comprometida y crítica, cuyo objetivo principal sea utilizar el conocimiento para una transformación social hacia la igualdad, la libertad y la justicia social. Mi más profunda admiración para todos ellos.


                                                           RICARDO HERRERAS SANTAMARTA



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