miércoles, 6 de agosto de 2014

La Historia vista por Ricardo Herreras. Conocer el pasado para anticiparse al futuro.







                                                             HISTORIOGRAFÍA Y POSTMODERNISMO


La Historia puede no ser una ciencia como tal pero, de acuerdo a mi formación académica, considero imprescindible que la misma sea investigada y estudiada como una rigurosa disciplina científica. Voy a tratar de explicarme.

                La Historia, al igual que la Filosofía o la Ciencia (llámese ésta Biología, Química, Física, etc.), no es infalible y ni mucho menos formula verdades absolutas e irrebatibles como afirman alegremente los desaprensivos postmodernos -los cuales, por otra parte, en sus característicos “juegos florales” retóricos vacíos de contenido, repletos de significantes carentes de significado, gustan de cuestionarlo todo, pero eso sí, ¡que nadie ose cuestionarlos a ellos!- para vilipendiarla de modo artero y miserable (formular verdades absolutas sólo lo hace la religión, con los dogmas de fe). Ocurre que toda historia, en sí misma, tiene tres puntos de vista: el primero es el mío, y el segundo es el de todos los demás. Ambos son subjetivos, pero no necesariamente falsos… o verdaderos. ¿Y el tercero? El tercero corresponde a la verdad, y debe ser objetivo.

                Y es precisamente aquí -desde el punto de vista del objeto, no del sujeto- donde debe situarse toda ciencia o disciplina científica que se precie de auténtica y no de una burda e interesada mixtificación repleta de arteros sofismas. El historiador, como el filósofo o el científico, debe aspirar a buscar la verdad de forma honrada, más allá de que defienda tal o cual tesis. El historiador sólo sirve a la verdad y sólo se arrodilla ante ella. No existe, por tanto, “mi historia” (tampoco “mi filosofía” ni “mi ciencia”) sino “la historia”.





                Es cierto que, a pesar del rigor y de la objetividad con que la Historia ha de ser tratada, no deja de ser también un constructo humano y, como tal, no está exenta de inevitables subjetividades. Dado que esto es así, nada malo hay en situarse en el terreno del “claroscuro”, pero no para caer en el relativismo, sino para poder analizar, desde todos los prismas posibles, un acontecimiento o personaje histórico, y tener de esta manera una visión e idea global del mismo. 

                Evidentemente, cada teórico después tendrá una idea diferente de la Historia, desde los que partiendo del optimismo (como Leibniz), defienden un desarrollo en la misma progresista en todos los aspectos, hasta los más pesimistas (caso de Schopenhauer), para los que todo es una gran farsa donde las cosas cambian en apariencia, pero no en esencia, pasando por las posturas intermedias. 

                Otra cosa bien distinta es la utilización que el poder político hace siempre de la Historia, pues precisa de tomar referentes del pasado para la construcción partidista del modelo socio-económico que más le interese en el presente, lo mismo que todo régimen político necesita para su consolidación, denigrar al régimen precedente. Por eso es tan importante la disciplina histórica: sin ella nos convertimos en zombies y “analfabetos funcionales” a los que nos pueden manipular de forma descarada y pertinaz, haciendo realidad esas inquietantes palabras de George Orwell en la distópica y célebre novela “1984” (1948): “Quién controla el pasado, controla el futuro”.
 
                Desde luego la Historia (“testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida”, en palabras del escritor, orador y político romano Cicerón) nos permite no sólo entender nuestro presente (sin el pasado, es imposible hacerlo) sino incluso vislumbrar el futuro. En definitiva, junto con todas las hoy injustamente olvidadas Humanidades (Literatura, Filosofía, etc.), nos proporciona las herramientas y conocimientos necesarios para poder entender y explicar el mundo en el que vivimos, premisa fundamental e indispensable para ser ciudadanos de pleno derecho, libres e iguales, capaces de pensar por nosotros mismos, y no meros súbditos del poder de turno u autómatas consumistas.


                                                                                                                             Ricardo Herreras Santamarta



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