miércoles, 20 de agosto de 2014

Lucidez y ofuscación. Una reflexión íntima de Ricardo Herreras Santamarta.











LUCIDEZ Vs OFUSCACIÓN


Hay dos tipos de turbación: la provocada por el paso de la oscuridad a la luz (lucidez) y la producida por el paso de la luz a la oscuridad (ofuscación). Platón, en su célebre y hermoso “mito de la caverna” ya habló de ello, dejando claro que el primer caso supone abandonar el mundo de los espejismos para acceder la verdad de las cosas (“la verdad”, no “mí verdad” como defienden postmodernos: nada de “hacerse trampas jugando al solitario”). 

            Paradójicamente, la lucidez tiene algo de cegador (incluso de “malditismo”: ¿no era Lucifer definido como el “ángel de la luz”?) y no suele protegernos de la realidad. Saber por qué estamos tristes nos hace menos idiotas, es cierto, pero no menos tristes. Es por eso que los grandes pensadores, literatos, etc., hayan estado siempre inmersos en un fondo de amargura y desencanto. En este sentido, la lucidez pudiera parecer algo así como una inteligencia inútil. Además, es seguro que los seres humanos se sienten muy poco preparados para la verdad, al ser ésta casi siempre cruel, dolorosa o… ¡incluso lógica!

            Pero a pesar de estas “contraindicaciones”, el amor profesado al conocimiento (que equivale a beber agua salada: cuanta más bebes, más sed tienes; cuanto más conoces, más quieres conocer) es uno de los más hermosos (por desinteresado) que existen y merece la pena profesarlo, como hace el auténtico filósofo (el cual ama ya en principio para “saber por saber”) y no el sofista impostor.

            Bien pensado, vivimos una única vez (¿reencarnación? Lo dudo…). Somos huéspedes circunstanciales de la tierra, viajeros de paso (¿camino de las estrellas? ¡Quién sabe!) y, aparte de intentar extraer las cosas buenas de la vida, compartir nuestra felicidad interior (de estar, está ahí dentro, no fuera) con los demás, no dejarse ganar por el mal y, en la medida de lo posible, evitar el dolor, conviene también no cerrar los ojos a la realidad, hacernos preguntas, cuestionarnos cosas… para saber de qué va todo esto, poder explicar y entender el mundo en el que vivimos. En definitiva, para no ser meros autómatas que estemos aquí por haber de todo.

            Alguien escribió una vez “Menos sabes, mejor duermes”. Puede ser (cada cual es libre de elegir su opción vital). Pero me resulta una máxima insuficiente e insatisfactoria. Quizás porque, como escribió Baroja en “El árbol de la ciencia” (excelente obra, por cierto), “A más conocer, corresponde menos desear”. O dicho de otra forma, se trata de conocer más para desear solo aquello que realmente merezca la pena. ¡Apuesto por ello! ¿Y ustedes?

                                                          
                                                                       RICARDO HERRERAS SANTAMARTA



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