lunes, 1 de septiembre de 2014

Ricardo Herreras Santamarta le dice a Don DeLillo ¿DE QUÉ VAS?.










¿DE QUÉ VAS, DON DeLILLO?

Fue el año 1984 y al gran cineasta Sergio Leone (junto con Jean-Pierre Melville y Sam Peckinpah, mi “santísima Trinidad” del Séptimo Arte) le cupo el honor de inaugurar el festival de Cannes con el que sería, a la postre y por desgracia, su último film: "Érase una vez en América" (sin duda, la película de mi vida). Al acabar la proyección se le acercó su colega y compatriota Antonioni y le dijo: "Hombre, Sergio, podrías haberla recortado un poco". Éste, sin inmutarse, le contestó: "Mira, la diferencia entre los dos es que yo hago películas de cuatro horas que parece que duran dos, mientras tú haces películas de dos horas que parece que duran cuatro".¡Ja, ja, ja, qué grande Sergio! Y es que ver un film de Antonioni (o de Tarkovsky) es algo así como "ver crecer la hierba"... 

Siempre me acuerdo de tan deliciosa anécdota cuando leo literatura postmoderna: pasar de página me supone algo así como avanzar unos metros por la jungla en plena guerra del Vietnam (¡¡¡la entrada en el pantano!!!).Pero quería darle una nueva oportunidad antes de declararme definitivamente alérgico a dicho movimiento. Intento fallido.




Acabo de terminar "Punto Omega" (después de tres mesazos), una novela cortísima del que pasa por ser uno de los más reputados (¿de verdad? Pues cómo será el peor…) escritores norteamericanos de la actualidad, Don DeLillo, y sigo dándole vuelta a todo para encontrar un sentido: la obertura y cierre son imágenes al ralentí de vídeo-art inspirados en la genial “Psicosis” de Hitchkock(sic) en el MoMA (¡casi nada!). Los espectadores de tan “genial” creación aparecen entre sombras (aún no sé, si dentro de la ficción, son reales o virtuales); Anthony Perkins ejerce de detective privado (¡toma ya!). En el intermedio (¿de la película o de la novela?) un joven director de cine convence a un asesor del Pentágono (nada menos) que ha participado en la guerra de Irak para hacer un documental sobre él mismo (mismamente a sí mismo) sin tomas (¿cómo?). Las abracadabrantes, esotéricas e incomprensibles conversaciones entre ambos (mezcla de autoparodia, pseudofilosofía zen tipo "Perdidos" y delirium tremens) sobre no se sabe qué se producen en medio del desierto, imagino que para dar más trascendencia. En medio de tanto sopor, la hija del asesor (no del cineasta, aunque a estas alturas uno está tan aburrido que ya le da igual que fuese incluso la hija secreta del mismísimo G. W. Bush) aparece por ahí, sin saberse muy bien ni cómo ni por qué y, lo que es peor, para qué, ya que la moza pinta menos en la plúmbea trama que la Tomasa en los títeres...

Los aspectos típicos de los engendros postmodernos aparecerán aquí a tuttiplen: metaficción, intertextualidad (expresada mediante el collage o pastiche), deconstrucción, narrador poco fiable, juegos temporales, cuestionamiento de conceptos como realidad e individualidad, preeminencia a los fragmentos del relato sobre la totalidad del mismo, ruptura de la linealidad temporal, debilitamiento de las barreras entre géneros, subjetivismo, potenciación de un tono emocional escéptico, relativismo ético-moral, uso (y abuso) de la parodia…pero lo que se dice pasar, no pasa nada de nada.

            Un auténtico ejercicio de onanismo intelectual sólo apto para los incondicionales de las pajas mentales, para quienes quieran agarrar una depresión de caballo a base de migrañas o bien quieran ingresar con urgencia en el frenopático más cercano. Lo único que atisbo positivo son los psicotrópicos que se ha fumado DeLILLO para escribir esto, pues deben producir unos efectos alucinógenos y psicodélicos increíbles…

            ¡Rafael Chirbes nos asista!

                                                                       RICARDO HERRERAS SANTAMARTA



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