lunes, 27 de octubre de 2014

Niños pijos y pijiprogres. Sumisión, ambición y mediocridad. La receta bobalicona para medrar en los partidos de la casta política. La España del pequeño Nicolás.








Ricardo Herreras Santamarta/



                 NIÑOS PIJOS Y PIJIPROGRES

No me voy a detener demasiado en el caso concreto del impostor “Nicolasín” porque el mismo ya ha sido objeto de un excelente tratamiento por parte de Miguel Ángel Domínguez Pérez. Me quedo no obstante con estas declaraciones de la magistrada titular del juzgado de instrucción número 24 de Madrid, en función de guardia de diligencias, que acordó el pasado día  la libertad provisional de Francisco Nicolás: “Vaya por delante que esta instructora no acierta a entender cómo un joven de 20 años, con su mera palabrería, aparentemente con su propia identidad, pueda acceder a las conferencias, lugares y actos a los que accedió sin alertar desde el inicio de su conducta a nadie, por muy de las juventudes del PP que manifieste haber sido”. ¿No acierta a entender? Vamos a ayudarla un poquito (lo de la justicia en España es de traca también). Y para ello, partiré precisamente de ese punto, de las juventudes de los partidos políticos hegemónicos del (casi) finiquitado Régimen del 78 me quería centrar.

            Durante estos casi 40 años, la dinámica interna de ausencia de democracia en los propios partidos políticos mayoritarios ha propiciado desde las mismas afiliaciones juveniles la llegada masiva de un montón de “nenes” (y “nenas”, claro) tan sumisos y mediocres (pensar por uno mismo, ser inteligente y tener criterio propio son cosas que cotizan hoy día a la baja) como ambiciosos con la única meta de medrar en las procelosas filas de cada correspondiente formación, actuando para ello como lameculos del barón de turno (en el que depositarán sus esperanzas de ascenso y al que deberán luego, como un señor feudal, fidelidad eterna) hasta acabar en algún parlamento nacional o autonómico apretando un botón como autómatas sin cuestionar nada, eso sí, con todos los privilegios habidos y por haber.

            El propio comportamiento de las Nuevas Generaciones del PP y las Juventudes Socialistas (¿hay alguna diferencia?) ya deja de por sí muchísimo que desear, actuando como hooligans grotescos del “y tú más” y como la “claque” necesaria (los “tontos útiles”, vamos) de los líderes de turno en algún que otro meeting donde solo acuden los convencidos (de seguir por este patético camino, no andarán demasiado lejos del Frente de Juventudes franquista, sobre cuya inutilidad y borreguismo llegó a ironizar incluso el escritor falangista Agustín de Foxá, definiéndolos como “Un grupo de niños vestidos de gilipollas dirigidos por un gilipollas vestido de niño”), dejándose de lado los debates y las propuestas que, de producirse, nunca serán aprobadas por los de arriba.

Sí, hace tiempo que los jóvenes que ingresan en los partidos dejaron de sentir pasión por el debate, por la confrontación de ideas y parece que lo único que buscan es un cargo o un puesto en una lista que les garantice incorporarse a la política como profesión y no como vocación, convirtiéndose en el “combustible humano” letalmente necesario que reproduce luego comportamientos perversos cuando unos pocos de ellos (los navajazos están a la orden del día y arriba llegan “las águilas o las serpientes” que diría Enrique Líster, es decir, los más implacables o los más arrastrados) vayan ascendiendo a puestos de mayor enjundia y responsabilidad, dejando de ejercer ese papel rebelde, contestatario y catalizador que debería tener la juventud para despertarse en ella el interés, cuando no la pasión, por la política: por no ser, ya no son ni referente crítico. Y este es precisamente el caldo de cultivo de engendros como la efímera Beatriz Talegón, la “revolucionaria” que cobra (o cobraba) 40000 euros anuales a nómina del PSOE, o el caso sangrante del ya citado Nicolasín. ¿Lo entenderá ahora la juez?

Afortunadamente, otros jóvenes (espero que cada día más: será necesario), al albur de nuevas propuestas y formas de hacer política, han vuelto a encender las calles, plazas y (también) las aulas de algunas universidades españolas con debates e ideas y siendo de nuevo irreverentes con sus mayores, pues será de sus ganas de cambio de donde surjan las propuestas que mejoren esta sociedad.


                                                                       Ricardo Herreras Santamarta



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