jueves, 27 de noviembre de 2014

El Muro de la Dignidad. El obstáculo que separa a ricos y pobres tras la caída del Muro de Berlín.







Ricardo Herreras Santamarta/



                                                                           MUROS

El pasado 9 de noviembre se conmemoraba el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, lo cual marcó el principio del fin para el bloque comunista. El acontecimiento propició en aquel momento fervientes y eufóricas (más bien hiperbólicas) declaraciones de paz y prosperidad por parte de todo tipo de dirigentes políticos, columnistas e intelectuales del autoproclamado “mundo libre”, que en el asfixiante clima neoliberal de los años 90 se repetirían hasta el hartazgo un día sí y otro también. El epítome de aquel orgasmo grotesco y delirante fue Francis Fukuyama, con su libro/panfleto “El fin de la historia y el último hombre” (1992), donde defendía que el fin de la Guerra Fría marcaba el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado en todo el orbe de la mano de la globalización. 

Pasado un cuarto de siglo, las tesis centrales del libro/panfleto han ido cayéndose como un castillo de naipes una tras otra, refutadas sin piedad por la propia Historia: primero, ésta no terminó sino que se aceleró de forma vertiginosa, haciéndose cada vez más compleja y truculenta; el “unipolarismo” estadounidense de los apóstoles neocons del Proyecto del Nuevo Siglo Americano sufrió un brutal despertar el 11 de septiembre de 2001 cuando todos sus planes y ocurrencias se derrumbaron junto con las Torres Gemelas de Nueva York; la Guerra Fría entendida como el enfrentamiento entre bloques ha regresado renovada de la mano de USA, China y Rusia, asomándose en el horizonte un tenso escenario mucho más peligroso que en los años centrales del siglo XX y que cada vez recuerda más a los momentos previos a 1914; la globalización iba a ser el nuevo “bálsamo de Fierabrás” que nos iba a traer lo mejor, pero la realidad es que aquí lo único que se ha globalizado es la miseria, la injusticia, la desigualdad y el desempleo; y la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado tampoco han triunfado, atravesando ambos un descrédito y una crisis crónica cuasi terminales. 

El Muro de Berlín fue tildado por los gacetilleros occidentales como el “muro de la infamia”. Verdaderamente, aquello no estuvo bien. El tan necesario socialismo del siglo XXI debe aprender de los errores del pasado, del experimento fallido de más de 70 años de “socialismo real” y ha de ser plenamente democrático o no será. Esto ha de quedar muy claro.

Sin embargo, hemos de ser rigurosos tras la propaganda: entre 1961 y 1989 murieron al intentar atravesar el muro berlinés 136 alemanes. Un crimen y un atentado a la libertad, desde luego. La hipocresía estriba en que es del único muro del cual se habla, ocultando ante los ojos de la opinión pública la existencia actual de otros que se han levantado y que están demostrando ser mucho más letales que el germano, como el que separa Estados Unidos de México, el muro del Sahara Occidental construido por Marruecos (un incondicional aliado de USA y Francia) para aislar a la región controlada por el Frente Polisario, el erigido por Israel para contener a los palestinos o el mastodóntico alambrado construido en Melilla para impedir que desde ese enclave español los africanos puedan pasar a la “rica” Europa. El Muro de Berlín cayó en 1989 pero quedan varios en pie, ocurre que siguen amparados por el silencio cómplice del pensamiento neoliberal dominante y del gigantesco aparato propagandístico al servicio del capitalismo más desquiciado y salvaje. El principal y más criminal de todos ellos, la distancia cada vez más sideral que separa a ricos y pobres.


                                                                       RICARDO HERRERAS



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