viernes, 7 de noviembre de 2014

Guía rápida para posmodernos. Como dárselas de persona culta con un título universitario. Profesores y alumnos han sucumbido a la corriente académica que está de moda.








Ricardo Herreras Santamarta/



GUÍA RÁPIDA PARA POSTMODERNOS

Bajo el esotérico título de “Figuraciones de lo insólito” (sic), la Universidad de León celebra en estos días unas nuevas jornadas ahora elevadas por arte de birlibirloque a la categoría de Congreso Internacional (nada menos) con el mismo nombre, a las que no faltarán -además del núcleo duro del Departamento de Filología Hispánica- consagrados y noveles escritores del panorama nacional (José María Merino, Fernando Iwasaki, etc.), todos ellos más o menos acertados cultivadores del género fantástico.

Tan “magno acontecimiento” me viene como anillo al dedo para recordar una vez más como el postmodernismo (al cual resulta muy grato el escapismo que no pocas veces propone el fantastique) constituye el pensamiento dominante en nuestra provinciana institución académica. Sí, aquí nuestros profesores (encapsulados en sus torres de marfil y más perdidos en su autocomplacencia que el púgil Poli Díaz en la Universidad de Harvard) todavía no se han enterado de que la postmodernidad terminó al mismo tiempo que la “utopía” del consumismo y el espejismo del estado del bienestar, estando la realidad actual marcada por una gravísima crisis social, política y económica a la que dicha corriente de pensamiento no puede dar respuestas. Y no puede darlas porque, entre otras cosas, ha sido cómplice ideológico-cultural del neoliberalismo más salvaje. Consciente o inconscientemente, pero lo ha sido, al ser un “producto”  derivado de la misma sociedad de consumo que tantas veces sus exégetas más conspicuos han criticado.

Con todo, vamos a dar unas pocas pautas muy básicas para todo aquel que todavía no se haya enterado de nada de lo que ocurre ahí fuera, en la realidad, y aspire a ser un “postmodernuqui” de postín. Veamos:

      a)      Primero de todo, es menester tener presente que el lenguaje sencillo, directo, claro y diáfano propio de la modernidad debe ser desterrado por completo. Antes un genio era aquel capaz de explicar cuestiones complejísimas con sencillez; por el contrario, el verdadero genio postmoderno consistirá en explicar aspectos que rocen la puerilidad de un modo complicado, para lo cual se hará necesario utilizar un lenguaje barroco, oscuro, contradictorio y alambicado.

      b)      La crítica ha perdido su sentido y está obsoleta. Ahora habrá que dejar paso a la parodia y al juego como formas mucho más “efectivas” de poner en solfa y cuestionar lo que nos rodea.

      c)      El pensamiento clásico y la Ilustración están superados. Platón, Aristóteles, Kant, Voltaire, Marx… solo son antiguallas molestas y cansinas. La filosofía exige tiempo, amplios conocimientos y un gran dominio de los argumentos/contraargumentos. Será necesario entonces apostar por el sofismo, “dejar atrás la tiranía de la coherencia, la verdad, la ciencia y la razón”(¡?) y abrazar la verborrea irracional, hueca y grandilocuente. Por lo tanto, las obras de Foucault, Derridá, Deleuze, Lacan, Baudrillard, Lyotard y demás emborronadores de cuartillas no podrán faltar jamás en nuestra estantería, más allá de que no se entiendan un pimiento.

      d)     Los grandes relatos o “metarrelatos” que intentaban dar un sentido a la marcha de la historia (caso de las ideologías) están muertos (sí, con el postmodernismo se asistirá cada día a un funeral en medio de proclamas sensacionalistas: “el hombre ha muerto”, “el fin de la Historia” de Fukuyama, “el fin de la novela” frente al microrrelato…). Ahora se impondrá el escepticismo, el relativismo, el facilismo, el esoterismo y el hedonismo más nihilista.

      e)      Es curioso: en una época como ésta, donde todo el mundo pretende ir de original por la vida, nunca se ha copiado tanto. Y es que la cultura para el buen postmoderno será como un gran supermercado del que todo se puede extraer/reciclar/reutilizar… eso sí, convendrá que estas prácticas rozando el plagio sean cuidadosamente camufladas bajo conceptos como “homenaje” o “intertextualidad”.

      f)      Es imprescindible crear nuevas palabras (neologismos), para lo cual se recurrirá a los prefijos (post-, hiper-, pre-, de-, dis-, re-) y sufijos (-itis-, -ación, -idad) con verdadera fruición. Así saldrán “palabros” del calibre de “contra-arquitectural”, “pre-post-espacialidades”, “falogocentrismo”, “interconectividad”, etc.

      g)      El aspecto externo es fundamental en estos tiempos donde la imagen es lo que cuenta. Ni que decir tiene que el clasicismo y la vieja escuela hace tiempo que no cotizan alto. Lo ideal en este caso es ir de hipster por la vida: desaliño perfectamente estudiado, toque bohemio y cool entre lo unisex (camisas y pantalones con dos tallas menos) y lo multimedia (uso de tablets, smartphones, etc.), gusto por todo lo indie y alternativo, gafas de pasta dura para dártelas de leído, chaleco, bufanda… vamos, aquí de lo que se trata es de ser un burguesito que juega a la rebeldía, pura pose.

Muchos se preguntarán “¿cómo puede ser verdad tanta mentira?” “¿Y funciona?” Pues sí. Siempre (o casi). Está comprobado: cuando no se tiene nada nuevo ni interesante ni profundo que decir, basta con expresarlo de forma enrevesada para dejar al personal con la boca abierta y ser tomado poco menos que por un gurú por las gentes ingenuas. Pero los postmodernos tienen de genios lo justito, o más bien nada. Tras agotar los galimatías ininteligibles, los artificios y el contrabando de citas de tercera mano, se quedan en lo que son: unos narcisistas insoportables, oportunistas sin escrúpulos e impostores irritantes que, careciendo de coherencia y criterio sólido para ir al fondo de las cosas, adornan la superficie de cualquier disciplina con grandes dosis de onanismo intelectual, ocultando su verdadero rostro conservador y conformista dentro de los márgenes de la corrección política y de las efímeras modas académicas.

Ante esto, el ya de por sí maleable alumno tendrá dos opciones: o adoptar una posición crítica y a contracorriente, con lo que se sentirá como un extraño, marginado e incomprendido (algo así como un fumador de pitillos rodeado por “fumadores” de inhaladores), pero por lo menos libre; o adoptar una actitud seguidista con el profe de turno, mucho más cómoda desde luego, pero que preludiará poco tiempo después su más que probable servilismo con el jefe (ya se sabe que nadie es perfecto… excepto el jefe, quien, además, siempre tiene razón) de la empresa que le toque en suerte o desgracia dentro del mal llamado mercado laboral. Después de todo, siempre se puede elegir. Sin olvidar que uno no busca la realidad, es ésta la que nos acaba encontrando de forma inexorable. Y entonces…


                                                                            RICARDO HERRERAS



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