lunes, 1 de diciembre de 2014

Debates y tertulianos televisivos. Como tratar de idiotas a los telespectadores españoles.







Ricardo Herreras Santamarta/



                                                                          DEBATES

Resulta cada vez más irritante asistir como espectador a un debate televisivo. Lejos quedan desde luego programas entrañables como “La clave” en aquella buena televisión pública que se realizó entre fines de los años 70´y muy primeros 80´ previa a la llegada de unas cadenas privadas que, lejos de ampliar las libertades y aumentar la calidad como se dijo, nos han traído una degradación y embrutecimiento inenarrables. Así, con el tiempo, la inmensa mayoría de debates catódicos se han ido transformando en algarabías taberneras, obscenas exhibiciones de ignorancia supina donde, salvo honrosas excepciones, los manipuladores, vociferantes y groseros participantes tienen opinión pero casi nadie tiene nada importante e interesante que decir al carecer de pensamiento propiamente dicho.

            Por expresarlo de otro modo, los “opinadores” profesionales (casi siempre los mismos) van de tertulia en tertulia (España debe ser el país con mayor número de tertulianos por metro cuadrado del mundo) opinando sobre todo sin tener las más de las veces ni puta idea de nada, pues el objetivo no es el intercambio riguroso de pareceres para lograr una búsqueda conjunta de la verdad (la cual, cada uno de ellos, en un ejercicio de impresentable narcisismo, cree ya poseer), sino imponer sus indocumentadas e interesadas opiniones carentes del más mínimo aval intelectual (bajo el casi finiquitado régimen del 78, un número no precisamente pequeño de los autoproclamados intelectuales no son otra cosa que sofistas de tercera categoría, mamporreros, estómagos agradecidos y la “voz de su amo” del oligarca de turno) a los demás. Al final, no importa lo que se dice, sino quién lo dice y cómo. Ello constituye una gravísima falta de respeto tanto a la inteligencia de los espectadores como a la cosa en sí sobre la que se está debatiendo.

            En efecto: lo mismo que el verdadero pensamiento no se construye mediante creencias, el genuino debate no se ha construido jamás - ¡si Sócrates y Platón levantaran la cabeza! - sobre opiniones subjetivas (ya se sabe que éstas son, en gloriosas palabras de Clint Eastwood,“como los culos: cada uno tiene el suyo”), sino sobre argumentos (lo cual es muy diferente). Unos argumentos que deben ser expresados por medio de opiniones, sí, pero sólidas, coherentes y basadas en el conocimiento, la experiencia, la razón, la verdad y la ciencia. Ahí le duele.


                                                                                  RICARDO HERRERAS


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