lunes, 16 de marzo de 2015

Los afectos en una sociedad con un cuadro clínico próximo a la psicopatología. Ricardo Herreras tocando la fibra.







Ricardo Herreras Santamarta/


                                                                     AFECTOS

Bertrand Russell (1872-1970) escribió “El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que es libre en sus afectos y tiene amplios intereses, el que se asegura la felicidad por medio de estos intereses y afectos que, a su vez, le convierten a él en objeto de interés y el afecto de otros muchos”.

El afecto no puede ni debe ser sustituido por otra cosa, pues tiene mucho que ver con el interior y, de manera especial, con el corazón. No deja de ser una necesidad primaria del ser humano, la expresión de un sentimiento (o actitud) de una persona hacia otra cargada de manifestaciones repletas de cariño e incluso amor. En este sentido, convendría no olvidar que la razón - a veces fría y cartesiana - tiene también una clara raíz sentimental, no necesariamente irracional. Por lo tanto, y como muy bien apunta el filósofo y matemático británico, los afectos deberían ser un aspecto fundamental en nuestras vidas. Sin embargo, son casi con toda seguridad una de nuestras dimensiones menos cultivadas. ¿Por qué?

Entre otros muchos aspectos nefastos, los últimos 40 años nos dejan como herencia envenenada en la psique colectiva una grave alteración de las relaciones afectivas, traducida en insensibilidad crónica, falta de empatía, insolidaridad manifiesta, egolatría, manipulación emotiva, cobardía frente al poder a la par que ensañamiento con los más débiles... en definitiva, un cuadro clínico próximo a la psicopatología y como para poner los pelos de punta al más sensato.
La cruda realidad es que esta sociedad se asienta sobre bases falsas, crece a partir de unas raíces malsanas. Además, nuestro entorno inmediato no se preocupa de ahondar en el alma de las personas. Sin ir más lejos, podemos observar como las conversaciones que se desarrollan a nuestro alrededor se asemejan más a monólogos colectivos en voz alta que otra cosa, donde casi nunca se llega a comprender lo que sucede en el interior de los demás. Con tal panorama, ¿cómo no va a haber un montón de gente con problemas psicológicos y afectivos? Bien pensado, lo extraño sería lo contrario.
Pero que nadie se engañe: si algo nos enseña el paso del tiempo es precisamente eso, la importancia de los afectos y la fragilidad de los mismos. Aunque a muchos que están en este mundo por haber de todo les tenga que ocurrir algo muy gordo para que se les encienda la bombilla del cerebro y se den cuenta de ello ya demasiado tarde. Así pues, y sin dejar de tener presente que también podemos ser heridos por ello, no seamos tacaños con los sentimientos y disfrutemos intensamente de cada encuentro con nuestros seres queridos.


                                                                       RICARDO HERRERAS



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