domingo, 26 de abril de 2015

Juan Goytisolo. Cuando las moscas cojoneras reciben premios en un país escaso en eferentes intelectuales.







Ricardo Herreras Santamarta/
 


                                                          MOSCAS COJONERAS

Mientras la piel de toro se ha hundido durante todo este tiempo en la miseria y el fango, las figuras de Andrés Rábago García, alias “El Roto”, y de Juan Goytisolo, se han erigido –cada uno en su estilo y a su manera - en dos de los pocos autores serios y comprometidos de un país escaso en referentes intelectuales y lamentablemente embadurnado por una pseudocultura del chascarrillo zafio y grosero.

Empecemos con el primero. Hace algunos años, cuando (casi) todos por aquí se creían "lo más de lo más" en “modernez” (para entendernos, nuevos ricos por mor de los préstamos bancarios, panolis forrados de pasta tan ostentosos como cutres y menesterosos culturales), embriagados bajo la "luna de miel" del Régimen del 78´, la sacrosanta Monarquía, el bipartidismo, el derroche, las urbanizaciones de lujo, los edificios de la construcción que crecían como hongos y la ruta del Bakalao, había un tipo a contracorriente que –con sus nada complacientes viñetas y con un seudónimo revelador– vislumbraba ya entonces lo que era evidente e inevitable: un doloroso fin de fiesta. Lo hacía y sigue haciéndolo hoy todos los días en el autoproclamado Diario Independiente de la Mañana (sic), el periódico de derechas más serio (entiéndase, si lo comparamos con panfletos vergonzantes como La Razón o con rancios esperpentos como el ABC), el mismo que tampoco vio venir la crisis, a los indignados y a los seis millones de parados. 

En sí mismas, sus viñetas podrían ser todo menos chistes, pues si bien es verdad que roban algunas sonrisas, son de las que se te quedan congeladas en la cara, de las que te hacen pensar y decirte "¡maldita sea la gracia!". Son dolorosas radiografías (mejor dicho, puñetazos) de una cotidianidad dura, amarga e inmisericorde que, bajo el formato de nuestra insigne tradición de humor negro/sarcástico, hacen bueno el aforismo schopenhaueriano de que “el humor es lo serio que se esconde tras la broma”. Y todo con una sola leyenda y un solo dibujo, entre contundente, lapidario y brutal. ¿Pesimista? En absoluto. Lúcido, más bien.
Invadidos asimismo por la ominosa dictadura de lo políticamente correcto, en unos tiempos de empleo masivo de eufemismos vergonzantes y lengua de madera, ha tenido que ser (¡qué paradoja!) alguien tan acostumbrado a utilizar metáforas y jugar con las palabras como un literato el que llame a las cosas por su nombre a la mismísima cara de los nuevos monarcas, el nefasto ministro de educación y demás prebostes (aunque me temo que éstos tengan más cuajo que un lagarto al sol y les haya entrado por un oído y les haya salido por otro) en la gala del Premio Cervantes 2015.

Escritor tan cultivado como minoritario e irregular, ensayista polémico no exento de claroscuros, más tergiversado que incomprendido todo sea dicho, siempre escrutado con lupa por los muchos patrioteros de boquilla que proliferan en este cortijo de mangantes llamado España, Goytisolo reivindicó el pasado 23 de abril en un memorable y valiente discurso - por cierto, totalmente alejado de "posmoderneces" inanes y juegos retóricos "florales" - el verdadero espíritu de nuestra obra más inmortal, "El Quijote", así como la auténtica memoria de su insigne autor, uno de los más grandes perdedores de los muchos que por desgracia jalonan nuestro sombrío devenir histórico.

Pese a quien pese y guste a quien guste, Juan Goytisolo sí podría decir eso de que pertenece "a la estirpe de Alonso Quijano".

                                         Va por ustedes, maestros.


                                                                       RICARDO HERRERAS



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